La Saga

El hijo "tonto"

Arma política la historia, el medioevo se presenta como pasado lóbrego, de siervos maltratados y explotados; señores crueles, voraces y tan poderosos, que rivalizaban con los reyes, a los que corresponde el papel de defensores de la justicia, porque representan al poder superior y son forjadores de naciones. El pueblo en general queda en la amalgama supersticiosa y crédula, sometida a nigromantes, mílites fogosos y reyes ávidos de victorias, siendo la guerra contra el "moro" antecedente glorioso del nacionalismo español, prolongada por ocho siglos, en honor de la unidad patria. Pero el hombre de la Baja Edad Media, que hubiese tomado por magia el gesto natural en nuestros días, de disipar las tinieblas apretando un botón, fue pragmático, creyente con mesura y tan escéptico como nosotros, en cuestión de prodigios, de Dios o el Diablo, presentes como en todo tiempo en los textos de clérigos, siendo sus pasiones, ambiciones y bajezas.

 De haberle procurado beneficio, hubiese envenenado la atmósfera y las aguas, poniendo en riesgo la continuidad de la vida, en aras del “progreso” de la economía, en especial la propia, desarrollando las máquinas de matar, como en nuestro tiempo. Pero al estar fuera de su alcance secretos que los alquimistas, de haberlos alcanzado, se guardaron de publicar, hubieron de resignarse a preferir señor docto y justo, que informado en cuestiones demedicina y meteorología pudiese sanarles, librándoles de la peste e indicando el tiempo de la sementera. Esto no impide que visto desde un presente, cuya visión se detiene en la inmediatez, el hombre medieval que proyectaba bosques sembrando bellotas, en previsión de futuro fuera de su alcance, construyendo para la eternidad, quede en original incomprensible.

 Menos rezador de lo que se supone, tozudo y por supuesto ambicioso, practicó la injusticia pero admiró la justicia. Orlando y Lancelotte fueron héroes de papel, que suplieron la carencia de ejemplos encarnados. No es probable que hubiese caballero andante, profesional de la lucha del bien contra el mal, de la justicia contra la injusticia, que tuviese por premio un amor, realizado y estable, encarnado en princesa o en reina, figura sin cabida en un presente de máquinas de matar y hacer el amor sin sentirlo, arquetipo creado por la mentalidad de un capitalista, que se llama "liberal", para ocultar que es totalitario.

Criatura del derecho consuetudinario, codificado en Fueros y Ordenanzas, lo defendió a capa y espada frente a todos los reyes, sin saber de “democracia” ni concebir el concepto. Le bastaba comprender el término “equidad”, en toda su amplitud, para exigirla si no la practicaba, manejando con soltura el “derecho natural” no escrito, que está en el origen del Fuero. Creía en un Dios al que situaba, con sus verdades, en cielo inalcanzable. Concreto y materialista, le preocupaba entender lo que ocurría de tejas abajo, si le tocaba, no dudando de la existencia de las cosas materiales, ni de los otros hombres, interesándole por los que tenían imperio sobre su propio yo. O podía emplear a su servicio. Mentía con convicción, sin hacer abstracción de la realidad ni dejarse engañar por sus mentiras. Del rey le interesaban los favores; de la guerra el premio, fuese estado, botín o paga. Caballeros, escuderos y peones no dudaban en cambiar de campo, estando en puertas de la batalla, para servir al que mejorase la oferta.

En falacia histórica dictada por el capital, las clases del medioevo aparecen petrificadas en compartimentos, estancos e inamovibles. En la documentación las descubrimos fluctuantes. El rico mercader se empobrecía, enriqueciéndose el pobre, como en nuestro tiempo, apareciendo y desapareciendo apellidos ennoblecidos, porque cayeron en la miseria. El noble podía cambiarse en plebeyo, sin pasar por la desgracia política, alcanzando el pechero la nobleza, en premio a un gesto o por un golpe de suerte.

Populares el derecho de pernada y la figura del señor de horca y cuchillo, entre los que hoy se comportan con el inferior como si lo fuesen, los historiadores, fabulistas de la historia, miman la leyenda, sabiendo que en ninguna parte, aparece documentada. Si tenemos en cuenta la paridad de las armas, habremos de admitir que hasta no aparecer las de fuego, la victoria era del número, no habiendo señor que escapase a una población, unida en la ira. No ha cambiado el hombre, pero sí los medios. De ahí que no pocas libertades hayan retrocedido, desde que apareció la bombarda. Entre otras la libertad de cambiar de rey. Adoptada la monarquía hereditaria, para soslayar las guerras entre herederos, que seguían a la muerte del rey, los castellanos se reservaban la potestad de mudar de monarca, por la vía ordenada y pacífica del voto en Cortes. Al tenerla los procuradores, no podemos atribuir a real condescendencia el acatamiento a las peticiones que llevaban, en nombre de las ciudades. Sancionarlas quedaba en prudencia elemental, pues no inclinarse a los acuerdos adoptados, llevaba implícita la pérdida del trono. Derogado este derecho por los Reyes Católicos, no ha quedado constancia de que fuese ejercido antes de 1465, ausencia que permite a los historiadores calificar de “farsa”, las Cortes de Ávila. Legal convocatoria, asamblea y resultado, no lo fue la actitud de Enrique IV, que al no acatar el mandato, desencadenó la guerra civil.

No dispusieron nuestros pasados de los medios técnicos, que hoy permiten aplicar lavado de cerebro, masivo y constante. Pero no por eso se abstuvieron de aplicar al control de la opinión, técnicas psicológicas, ciencia conocida, sin haber sido nominada. Beneficiando de una mayoría indiferente al poder, salvo en cuanto tocaba a impuestos y leyes, cuyos efectos procuraban soslayar, consiguiéndolo el obstinado. Reducido el sector de opinión a controlar a la aristocracia, hidalgos en general y funcionarios, de no haber mediado la aparición de la imprenta, es probable que Isabel no se hubiese preocupado por el futuro de la institución, a siglos vista, cuidando de la reputación de sus pasados, como si fuese propia. Considerando inapropiadas las crónicas de los reyes en general, Mosén Diego de Valera se ocupó de reestructurar la versión "blanca", corriendo a cargo de Fernando Galíndez de Carvajal, la adaptación a lo políticamente correcto, de las que narran los reinados de Juan II y Enrique IV.

En cuanto a su propia realidad, los Católicos la maquillaron, casi al hilo de los hechos. Más prudentes y técnicos que sus pasados, la documentaron con ayuda de falsarios, a más de aprovechar albalás aparentemente anodinas, para incorporar la ficción al archivo oficial. Inmerso el castellano en una ortodoxia militante, reforzada por la hoguera, apenas supo que la corona enterraba el hecho, se apresuró a olvidarlo, acogiéndose testigos de lo que no debieron ver a la amnesia, más segura que el olvido. Sumados los dogmas del Rey a los de la Iglesia, fueron creídos y repetidos, considerando gratuito asumir el riesgo de contradecirlos. Sabiendo que rozar la abstracción o caer en concreción inadecuada, acarreaba consecuencias, el castellano inscribió en sus genes el miedo a la curiosidad, que rebasase vida de vecino. Escuetas las bibliotecas, los escasos propietarios que la reunieron variada además de nutrida, antes de que apareciese el Santo Oficio, se hicieron sospechosos.

El cambio de mentalidad que hizo posible la Inquisición, tuvo su origen en el concepto “limpieza de sangre”, expresión de un racismo cristiano, de cuño castellano, que parece haber surgido en el siglo XIV, probablemente en Andalucía. Mudéjares los musulmanes vasallos de Castilla, mozárabe el cristiano entre moros, en el siglo XI, en que el “Emperador” Alfonso, casaba con Zaida, hija del rey de Sevilla y Rodrigo Díaz de Vivar se hacía llamar “Cid”, deformación del término musulmán “Sidi”, los conceptos “reconquista” y “limpieza de sangre” carecían de sentido, por no haber sido concebidos. El castellano peleaba con el moro, con igual naturalidad y por las mismas razones, que lo hacía con aragoneses y portugueses: pretendían el territorio, ocupando tierras y pueblos en todas direcciones, en especial en aquella en que se encontraban los mejores pastos y tierras.

No pensaba Pelayo en llegar a Tarifa, cuando expulsó del entorno de Cangas a los moros que venían en su busca, por orden del rey al que sirvió. Ni es probable que Sancho Abarca, imaginase una Navarra, ampliada más allá de sus montañas. Tampoco soñaron la unidad de Andalucía, los que participaron en la cruzada de 1212 que penetró en Andalucía, derrotando al rey de Marruecos, que lo era de Al – Andalus, en las Navas de Tolosa. Fernando III conquistó el reino de Sevilla en 1248. No continuó en Granada, prefiriendo pactar frontera para la eternidad, con el colega musulmán, que corrió por los pueblos de Cádiz, llamados "de la Frontera". Los cristianos participaron en guerras entre moros, como aliados de una facción o de las dos, de estar igualmente enfrentados, como los moros en las guerras de cristianos. No pasó por la cabeza del Rey Santo, expulsar a la población musulmana de Sevilla. Otorgado a la ciudad el Fuero de Toledo, en el preámbulo agradeció la buena voluntad de una población, que le abrió las puertas. Y los retoques introducidos, para adaptarlo a un puerto, exoneró a los musulmanes residentes en el casco urbano, del sueldo diario de capitación, que en tiempos del derrotado Aben Hut, pagaban a diario en la alhóndiga, favoreciendo a los mercaderes y hombres de la mar, con barrio franco y otras franquezas y gracias.

Los reyes moros de Niebla, Murcia y Granada, en 1255 ocupaban lugar de honor en los privilegios de Alfonso X, confirmando como reyes vasallos. Dos años más tarde, aspirando al Imperio y a cruzada en Allén Mar en África, se hizo con el reino de Niebla, en calidad de mérito. Que a cambio del trono, diese el Algarbe al rey destronado, más rico que el reino perdido, heredando a sus caballeros en el Aljarafe sevillano, con licencia para sacar por mar, el aceite de su cosecha, pudiera indicar que la conquista, quedase en trueque. Partido el reino de Niebla para crear los señoríos de Huelva y Gibraleón, los partidores señalaron dos mezquitas en activo, que indican la presencia de musulmanes. Estos y otros datos, prueban que las huestes cristianas no limpiaron la tierra de moros, en su avance hacia el sur, en contra de lo que suponen los seguidores de la historia oficial, según los cuales no quedó moro en lugar ocupado por castellanos, sin reparar en las expulsiones de moriscos posteriores, ni en la evidencia de que en Castilla no había población suficiente, para reemplazar la de Andalucía. El apego al supuesto, parece enlazado con el racismo religioso. Valor social la “limpieza de sangre”, no quiso el andaluz ser ciudadano de segunda, condenado a padecer el estigma de llevar sangre musulmana o judía.

Las primeras manifestaciones de racismo religioso, apuntan en el reinado de Alfonso XI. En las Cortes de la mayoría de edad del rey, se dictaron leyes discriminatorias. Musulmanes y judíos podrían se propietarios del solar de su casa, huerta y viña, pero no adquirir tierra. La medida no afectó al musulmán, por tener la costumbre de disfrutarla como usufructuario, mientras la trabajase, sin adquirir la propiedad. Tampoco al judío, pues hay constancia de que adquirieron dehesas posteriormente. Al no haber efecto sin causa, es probable que el concepto de “limpieza de sangre”, surgiese del rencor del inmigrante, castellano y vencedor, hacia el vencido autóctono, que converso a medias, rico e influyente, ingresaba en una aristocracia incipiente. Mediado el XIV, reinando Pedro I, el poeta sevillano Sem Tob hacia esta denuncia:

Que non so para menos

Que otros de mi ley,

Que ovieron mucho buenos

Donadíos del Rey.

Enrique III, siguiendo a la iglesia, oficializó el racismo católico, decretando en Cortes, quizá a demanda de los procuradores, que judíos y musulmanes llevasen señales visibles, para que los cristianos pudiesen eludir su conversación, resguardándose del riesgo de contaminación intelectual. El mandato, que no parece haber surtido efecto, prueba que no se distinguían por la ropa del bautizado. Enrique IV fracasó en los grandes proyectos, que culminaron bajo su hermana: la Inquisición, la conquista de Granada, el control de las fuentes del oro, y la expulsión de musulmanes y judíos de la vida civil. Al tomar el camino equivocado fracasó, siendo el rey de la última guerra de Castilla contra los aragoneses. Destacó el valor “limpieza de sangre”, pero serían los RR.CC, quienes lo situaron sobre todos los valores. Sitiada Granada y en guerra civil los granadinos, uno de los bandos entregó la capital a los cristianos, en enero de 1492. Tras la expulsión de los judíos y la desaparición del mudéjar, transformado en morisco humillado, no hubo caballero que consintiese tener antecesor no cristiano, trepando la mancha por el árbol genealógico a efectos legales, hasta la cuarta generación. Y hasta Adán y Eva, en lo social. Seriamente inquietos los Guzmanes de Sanlúcar, por ser el fundador de la estirpe originario de Allén Mar, mediado el siglo XVI Juan Alonso de Guzmán, señor de la casa como duque de Medina Sidonia, contrato al genealogista: Pedro Barrantes Maldonado, recompensando generosamente el trabajo de borrarlo.

Apelando al rey Gundamaro como ascendiente de recambio, apuntó a los Guzmanes de León, reino en el que no faltaron aljamas. Aún siendo probables descendientes de los Quzmân almorávides, funcionarios en Extremadura y tronco del poeta, que tras la derrota quedó en Andalucía, la ubicación geográfica les hizo cristianos viejos sin mácula. Buscándoles ascendiente cristiano de pura raza, el cronista descubrió o se inventó hermano del Duque de Bretaña, al que hizo combatir junto a Santiago, en la batalla de Clavijo. Achacado el apellido al mote de “hombre bueno” o “Good Man”, que le dieron sus hombres, le hace cabeza de la casa de Toral, que produjo a Santo Domingo, flagelo de albigenses e introductor del rosario. Habría que señalar que sus cuentas recuerdan las desgranadas por el musulmán. Al Guzmán primigenio de los andaluces, le adjudica por padre un Pedro de Guzmán, señor de Toral, sin relación con el Pedro de Guzmán, confirmante de reales privilegios en 1255, Adelantado Mayor de Castilla en 1267, padre de Mayor Guillen, que fue madre de Beatriz, hija natural de Alfonso X. Casada por el rey con el Príncipe de Portugal, llevó por dote el Algarbe.

Según Barrantes, el Pedro de Guzmán leonés, engendró al hijo en doncella noble, llamada Isabel. Pospuesta la boda por llamada a la conquista de Sevilla, el hijo nació en ausencia del padre, quedando en bastardo o "hijo de ganancia", al morir Pedro en la entrada de la ciudad. Tiene el relato su fallo. Fechada la acción en 1248, el propio Barrantes afirma que a espaldas del privilegio de Fernando IV, concediéndole Sanlúcar, aparece la fecha del nacimiento del héroe: el día de San Ildefonso de 1256. Alonso Pérez de Guzmán no está documentado antes de 1283. Su presencia en Andalucía coincide con la de Yusuf, primer rey de Fez, de la dinastía de los Benimerines.

Nieto y heredero del Miramolín, derrotado en la Navas, Zaid Arraxid murió asesinado, demasiado joven para dejar hijos. Proclamado Miramolín un tal Almotarda, los hijos de Marín, adelantado en la provincia del Algarbe de Berbería, se alzaron, levantándose un Budebuz en Marruecos. Necesitando ayuda, requirió los servicios del Benemerín, cometiendo el error de traicionarle. Derrotado y muerto Budebuz, Yusuf fue proclamado rey de Fez y Marruecos, perdiendo el rango de Miramolín, por quedar a los almohades el norte de África, de Túnez a Egipto. Los Sacos de Salé y Cáliz, en 1260 y 1269, enmarcados en la cruzada de "Allén Mar” en África, emprendida por Alfonso X, tuvieron respuesta en desembarco de Yusuf. Temiendo el rey de Granada que sus relaciones con los almohades, le acarreasen represalias, ofreció al Benimerín los puertos de Algeciras y Tarifa, a cambio de ayuda. Admite Barrantes la presencia del Guzmán en la batalla, pero en el bando cristiano. Obligado reintegrarle a Fez con el Benimerín, cuenta que habiendo hecho prisionero a caballero musulmán, el buen trato y libertad sin mediar rescate, generó amistad e invitación a tierra de moros. No tenía intención el Guzmán de aceptarla, pero agarrada con Alfonso X, tan inverosímil como forzada, obligó al joven a “desnaturarse”, buscando albergue y ocupación en Marruecos. En 1275 Aben Yuçuf regresó, ahora con contingente de cristianos, encabezado por Garci Martínez de Gallegos, atendiendo llamada de Alfonso X. Habiéndose negado a desheredar a su nieto, el hijo de Fernando de la Cerda, estaba en apuros por haberse alzado su hijo Sancho, con ayuda del rey de Granada.

Según la crónica, en 1283 y en el curso de aquella estancia, el Guzmán trocó con el Rey Alcalá de Sidonia, hoy de los Gazules, con sus "tenencias" (1), por el donadío de Monteagudo, tierra de pan llevar con olivar y aldea, en las inmediaciones de la barra del Guadalquivir, casándole el rey con María Alphón, de origen judío, hija de Doña Sancha, heredada en Portugal, Galicia, León y Castilla, en la mitad de Bolaños. De esta señora procedían las casas de los Guzmanes, en las collaciones sevillanas de San Miguel y de San Vicente, repartidas a antepasado de María, según la tradición, tras la toma de Sevilla, con apéndice de tierras en el Aljarafe. La obsesión por la limpieza de sangre, aconsejó a Barrantes omitir el apellido "Alphón", único que aparece en los documentos, por tener connotaciones judías, cambiándolo por el pomposo de "Coronel". Esta señora nombra en su testamento a Juan Fernández coronel, siguiendo el sobrino, Alfonso Fernández, alguacil, lo que parece indicar que se alude al cargo, no al nombre. Tuvo Alonso Pérez cinco hijos de su matrimonio, tres nacidos en Marruecos, habiendo quedado constancia de una Beatriz, que debió morir niña, pues la madre dejó manda al ama y a una hija ilegítima, Theresa Alfonso, casada con Juan Ortega, a la que María Alphón dotó con 16.000 maravedís, dejando dispuesto que se invirtiesen en heredamientos, adquiridos a nombre de los hijos que tuviesen.

Muerto Alfonso X, Abén Yusuf continuó la guerra con Sancho IV. Llamado a Marruecos por agitaciones inoportunas, ofreció parias al rey cristiano, a cambio de que respetase su pequeño estado andaluz, donde había fundado la Villa Nueva de Algeciras. Muerto a poco de llegar a su reino, en sitió de Tremecén, cuyo gobernador se había sublevado, Alonso de Guzmán pasó al servicio del hijo, mereciendo romance en el que aparecen los símbolos del arte de hacer oro, relacionados con la piedra filosofal, que en la “filosofía alquímica”, representan el equilibrio del conocimiento. Cierta serpiente, alada según los historiadores, pero no en el romance, asustaba a los viajeros, que hacían el camino de Fez. Un día el Guzmán fue en su busca, acompañado de Gonzalo de Gallegos, que no llevaba armas, porque en acto de crisopeya el testigo no debe intervenir. Completando el ceremonial, caminantes providenciales, le indicaron donde estaba la serpiente. La encontraron peleando con un león, representación del bien y la nobleza. Ayudándose hombre y fiera, el Guzmán mató a la sierpe de certera estocada. Purificado por el hecho, reaparece en Andalucía en 1287, acompañado de Gonzalo de Gallegos. Confirmando el trueque de 1283, compró el donadío de El Alixar a su "adalid", que el rey dio a Gómez Pérez, en 1285, para que lo poblase con 10 almogávares. Cristianizado, recibiendo tratamiento de “vasallo”, reservado a los extranjeros, que daban vasallaje a rey de Castilla, en 1288 recibió de Sancho IV el privilegio de sacar 300 cahíces de "pan terciado" al año, y "llevar gelo a Allen Mar, do el es"(2), poniendo por condición que el grano procediese del Alixar y Monteagudo, o de otras tierras de su propiedad. El documento es el único, que permite situar el lugar de nacimiento de Alonso Pérez de Guzmán.

Ducho en navegación y pesquerías, compró cuantos lugares ribereños se vendieron en la costa atlántica andaluza: Puerto de Santa María, Rota y Chipiona, al almirante Micer Benito Zacarías; así como Lepe, Ayamonte y la Redondela, en el Algarbe andaluz. En tierras interiores de Jerez y Sevilla se hizo con aceñas, tierras de pan llevar, olivos y las salinas del Henares. "La conquista que él fizo de Tarifa", ubicada por la crónica 1292, le valió la alcaidía con carácter perpetuo, cargo sin aspirantes, por sercortas las tenencias y estar en la frontera. Sirvió a Sancho IV en el "defendimiento de la nuestra tierra de la Andalucía, e de la guerra que el rey de Granada había con nusco". En 1294, estando en el alcázar de Tarifa con la familia, desembarcó el infante D. Juan, pretendiente al trono, con tropa de moros, prestada por el segundo Benimerín, rey de Marruecos. Con los sitiadores venía Pedro de Guzmán, primogénito de Alonso. Lógica la presencia, por ser costumbre que el caballero, emigrante o enviado fuera del país, dejase atrás al hijo mayor, en calidad de rehén, antídoto de traiciones, Barrantes, pagado por hacer leonés al fundador de la Casa de Medina Sidonia, encontró justificación alambicada. Alzado y fracasado D. Juan, conocido que escapó a Portugal, dando por supuesto que el lector no piensa, contó que habiendo sido llamado el hijo a la corte de Lisboa para ser educado, en atención a la estirpe materna, el padre lo confió al Infante, que hizo el viaje por mar. Arrastrado el barco por la tormenta, dieron en Marruecos, consiguiendo el Infante colaboración que necesitaba, para intentar la conquista del trono.

No siendo tan niño como se supone, la incorporación de Pedro al grupo pudo ser casual, o propiciada por D. Juan, con experiencia de haber rendido plazas, usando hijos de alcaide, como elemento de chantaje. Inexpugnable Tarifa e intratable el alcaide, D. Juan prometió matar a Pedro, si no le entregaban la plaza, haciendo historia el gesto contundente del Guzmán: "el mismo lanzó un su cuchiello a los moros con que matasen el su fijo, porque fuesen ciertos que non daría la villa, que antes no tomase y muerte". Degollado el chico por el Infante, los hombres de Abenyacob abandonaron, imitándoles D. Juan y su tropa, por no tener más remedio. Enterado Sancho IV del suceso, estando en Alcalá de Henares, se dice escribió que al alcaide, llamándole para darle en recompensa la villa de Sánlucar, puerto junto a la barra del Guadalquivir, corto de población, abandonado, pero más confortable que Sevilla. Muerto el rey en abril de 1295 dejando heredero menor, en el testamento confió en el Guzmán tornadizo (3), la “guarda” de Andalucía.

Muerto el Infante D. Juan que pretendió el trono, con ayuda de Portugal y Granada, lo reclamó Alfonso de la Cerda, heredero del malogrado primogénito de Alfonso X, con ayuda del rey de Aragón. Prueban las excelentes relaciones de Alonso de Guzmán con Jaime II, escueta pero explícita correspondencia, que coincide con el suceso. En la primera carta de 1296, el rey nombra a un Alvar Roiz, domiciliado en la sevillana "Cal de Francos", mercader, que le entregó carta del Guzmán, a la que respondió el monarca a través de "ome nuestro, portador destas letras", invitando al caballero a Barcelona, para tratar "de boca" la cuestión de Castilla, fiando del "vuestro buen entendimiento que avedes, en enxalçamiento de la crisptiandat e faser servicio a Dios". Defendió el Guzmán Andalucía de los granadinos, penetrando en Portugal en la guerra de D. Juan, en tanto que María de Molina, madre de Fernando IV, buscaba la paz, cediendo al rey portugués Serpa, Moura y Mourón. Estaba el Guzmán con el tutor Infante D. Enrique, cuando entrada de moro, se resolvió en batalla, deteniendo el Guzmán a la tropa musulmana, en tanto el Infante se refugiaba en Arjona. Reflejado el hecho en la crónica, se dice que continuado camino, encontraron a la reina en Astudillo. Acudió Diego de Haro, señor de Vizcaya, también en guerra con Castilla, interviniendo Alonso Pérez en las conversaciones de paz. Selló la firmada con Portugal matrimonio de Fernando con Constanza, infanta portuguesa, asistiendo Alonso Pérez a la boda en Alcañices. Con la corte fue a Toro, entrando en León a petición de María de Molina, contra D. Juan, que se titulaba “rey”. No le encontraron, pero al refugiarse el Infante en Portugal, quedó liberada la provincia.

Regresó el Guzmán a Toro, recibiendo el 13 de octubre de 1297, de la Reina María y el tutor, en nombre de Fernando IV, la villa de “Solucar” en señorío, con su fortaleza y puerto, incluyendo en el privilegio relación de servicios, que pagaba la corona de una tacada: "quan bien e quan lealmente se paró en la guerra que había con nusco el Rey de Portogal, faciendo en la su tierra la más crua guerra que se facer podía" (6), conquistando Tarifa y defendiendo la plaza, como alcaide, con pérdida del hijo. Formulario el documento, la corona se reservó la "mayoría de justicia", o derecho a sentenciar las causas, en grado de apelación, la moneda forera, tributo anual a modo de capitación, que era símbolo de vasallaje, los "mineros" descubiertos y por descubrir y los pechos que pagasen moros y judíos. No habiendo sido introducido el mayorazgo en Castilla, se soslaya la división de la villa por herencia, estableciendo la sucesión por línea de primogenitura regular, que antepone el varón a la hembra, con libertad adjunta para vender, empeñar o trocar villa y señorío, salvo a extranjero, orden monástica u hombre de iglesia, transacción para la que habría de preceder real licencia. Aún siendo mencionados moros y judíos, la villa se supone abandonada, poblando el Guzmán con los que le seguirían desde Marruecos y agregados en Castilla, a los que sumó la población de Monteagudo, mudada en peso. Alonso Pérez se alojó en el ribat almorávide, parte del “castiello”, donde estuvo la Iglesia de Santa María, según rótulo encontrado posteriormente, a los pies de su puerta, sin duda antigua mezquita. Práctico en las cosas de la mar, se fijó en el puerto, según algunos y muy probablemente en manos del Temple.

Ennoblecido, el Guzmán quiso dotarse de enterramiento. En 1298 compró a María de Molina el término de Santiponce, en el Aljarafe, solar de Itálica, o Sevilla la Vieja, para fundar abadengo. Con puerto en el Guadalquivir, olivos y licencia para exportar el aceite por mar, libre de derechos, la reina concedió a los monjes que "puedan aver vasallos que labren e moren en sus heredades, e que ayan ganados e todas las otras cosas", "quitos e franqueados, en todas las partes de nuestros regnos". Construidos monasterio e iglesia junto a capilla visigótica, en que descansaron los restos de San Isidoro, hasta su traslado a León, en 1301 el fundador no acudió a los dominicos, según hubiese cuadrado a pariente del fundador de la Orden. Prefirió el Cister, institución culta y vinculada al Temple, siendo la casa madre del cenobio el Monasterio de San Pedro de Gumiel. Entres las cláusulas que aparecen en la escritura fundacional, destaca la que se refiere a las "visitas", por entrañar libertad, que hizo del cenobio ente intelectualmente autónomo. Estableciendo que únicamente el General de la orden, en persona, la lejanía de la casa madre y la edad avanzada de los frailes que accedían al cargo, garantizaba que la comunidad no sería visitada, ni fiscalizada (4).

En las cortes del mismo 1298, el Infante D. Enrique propuso la entrega de Tarifa, para conseguir la paz con Granada, impidiéndolo Alonso Pérez, al presentar oposición frontal. Nombrado el Infante Adelantado de la Frontera, en sustitución de Pero Ponce, que se había pasado al bando de D. Juan, el Guzmán quedó encargado de conseguir que los Concejos no le recibiesen, en tanto no jurase que no entregaría la villa. A 8 de mayo Jaime II se dirigió nuevamente al Guzmán. Tras celebrar que su “buen entendimiento”, hubiese hecho posible la paz entre cristianos, le prometió aprovechar visita próxima a Roma, para exponer ante el Papa Bonifacio, la que proponía, para zanjar la guerra entre Aragón y Castilla, solución que pasaba por la legitimación de Fernando IV, nacido de matrimonio afectado por defecto de forma, que la muerte había disuelto. Para pagar las "dispensaciones" que legitimaron el vínculo y al hijo, Alonso Pérez prestó 10.000 marcos de plata a María de Molina, recibiendo en empeño y garantía de devolución las villas de Medina Sidonia, valorada en 50.000 maravedís y Marchena, que "finca en los cient mil maravedís". En 1299 la corona segregó de Vejer el término de Hueldiconi, entre los cabos de “Troche y Trafalgar”, con playa apta para botar almadraba, para darlo Guzmán, con obligación de hacer fortaleza y atraer pobladores (5). Parece que lo consiguió, pues reanudó la pesca del atún, pero la peste de mediados del siglo XIV, dio al traste con el núcleo.

1300 C.A. del Fuero de Gibraltar

A cargo de Alonso Pérez el "mantenimiento de los castiellos, e pora los nuestros vasallos, e pora mantenimiento de la mar de las flotas, que armastes en tiempo de la guerra”, en lo que invirtió 56.000 doblas de oro, deuda pagada por la corona con el señorío del castillo de Zafra, la villa y Halconera, ocupó el año en la guerra contra el moro, rematando en la conquista de Gibraltar. La ubica la historia en 1309, pero ordenanzas fechadas a 31 de enero de 1300 (6), demuestran que se produjo con anterioridad. Pertenecientes éstas al archivo de la casa Medina Sidonia pero depositadas en Simancas, se inspiran en el Fuero de Toledo, como cuantas otorgaron los reyes en Andalucía, introduciendo Alonso Pérez las modificaciones, que requería la singularidad de la plaza. A los "almogávares" y "alvarranes que moraren", a mílites con obligación de servir, se sumarían 300 pobladores, asalariados "bien e complidamente", por ser la plaza avanzadilla arriesgada. Sometidos al alcaide, autoridad militar y policial, que ejercía de juez, tanto el alcaide como los caballeros avecindados, serían "vecinos llanos, segund que son los otros", sujetos al alcalde ordinario en lo civil, de manera que no pudiesen hacer "fuerza ni tuerto" a tercero. De real nombramiento y digitales alcaide, alcalde mayor, alguacil y dos jurados, los últimos serían responsables de la llave de la puerta de la muralla, indicando al regidor que la tuviese a su cargo, la hora en que había de abrir y cerrar, siendo elegido por los vecinos y mayoría de votos, alcaldes y regidores (7). Confirmado el término y dehesas, que tuvo la ciudad, en tiempo de moros, al no haber tierra suficiente para alimentar a los vecinos, los "cristianos o moros o judíos" que llevasen “viandas” al mercado, estarían "francos e quitos" de derechos, no pudiendo abrir tienda en la población, "menestral" que no fuesen residentes. Adjudicadas las salinas al Concejo, la Corona se reservó la almadraba, pudiendo el pueblo retirar del producto 10.000 maravedís al año, "para mensajeros o para lo que... oviere menester". Del pueblo la "defensa" o hato de ganado, el cabildo cobraba la renta y el "ancoraje" de los barcos, fijado al precio que se pagase en Sevilla. Exentas las "galeas y leños" dedicados al corso, por servir a Dios, en guerra perpetúa contra el infiel, no lo estaban los que entrasen, obligados por la tormenta.

Inconveniente que se mudasen los vecinos que "agora son", para crecer la población con forasteros, las mercancías que saliesen o entrasen, por mar o por tierra, no pagarían portazgo, alcabala, montazgo, servicio, toldo, “asadiga”, caballería, moneda, martiniega ni el diezmo de la corona, reduciéndose las tasas para el cristiano, al diezmo y primicias, exigidos por la Iglesia. Exentos de "otro pecho, en ayuda ni en hueste", sólo irían a la guerra en caso de hacerlo el rey "con nuestro cuerpo". Benefició Gibraltar de “omecillo” (8) o perdón de culpa y pena, que se otorgaba a "golifantes o ladrones o que ayan muerto omes o otros omes qualesquier malfechores que sean”, así como a la “muger casada que se fuga a su marido". A condición de no cometer nuevos delitos, estarían "amparados" mientras residiesen en el término. Suponiendo que las "aventuras" o cabalgadas contra moros, marítimas y terrestres, serían frecuentes, se animó al alcaide concediéndole el quinto del producto, que tocaba al rey. El vecino que cautivase moro podría disponer, pagando los derechos de la corona, pero si lo capturaba a un "trecho de ballesta" del caserío, dos tercios del su valor quedaban al alcalde.

En 1301 Jaime II se dirigió nuevamente al Guzmán. No habiendo respondido los embajadores castellanos, a las cuestiones pendientes, le invitó por segunda vez a Cataluña, : "porque vos sodes homne que nos mucho amamos e fiamos de vos, assi como de bueno e leyal cavallero". No consta que acudiese, pero sí que en agosto, recogida la cosecha, Alonso Pérez, empleando letra gótica, inhabitual en Castilla, se dirigió a D. Jaime: "después que el Rey Don Sancho que Dios perdone fino acá, la muy grandt guerra que avemos avido en esta tierra con los moros", tenía esquilmada la región: "ove de mantener mucha gente siempre de cada día, por gruadar esta tierra para el rey Ferrando, mio señor". Habiendo sido Andalucía "muy bona de pan" tiempo atrás, estaba yerma desde hacía 3 años, no habiendo "en ella pan sino muy poco". "Menguada" a causa de la pertinaz sequía, que en España acompaña a la desgracia, pidió permiso para sacar de Aragón 4.000 "cesteras" de trigo "por mis dineros", a través de “don Germán de Frexenet y don Remon Desgranet”, mercaderes mallorquines, dotados de fondos para pagar el grano y el transporte por mar.

En 1303, en recompensa "por la guarda e amparamiento que la gente ha en la fortaleza que el fiso, en los logares que el ha en la frontera, en que pueblan e guaresen omes do non solían fasta aquí", Fernando IV dobló el trabajo del Guzmán, desgajando de la Puente de Cádiz el término de Chiclana, para que "faga y puebla e fortaleza", pues en tiempo "hera poblada". Levantada torre, bastó limpiar el cauce del río Iro (9), poniendo barca de pasaje con Cádiz, para atraer pobladores. Buena la tierra salvo las alvinas, asegurada la salida del producto, no faltaron voluntarios para cultivarla. Otras vez en la Corte, Alonso Pérez, en compañía de Ferrand Gómez de Toledo, fue a Cerezo para parlamentar con Diego de Haro, otra vez en guerra con Castilla. Los caballeros concertaron tregua, pero las condiciones no gustaron a la reina, quizá porque el Infante D. Juan, que había dado obediencia a Fernando, reclamaba el señorío de Vizcaya en nombre de su mujer, Juana Manuel. Reanudada la guerra, Ferrand Gómez y Alonso Pérez, parlamentaron nuevamente con Diego de Haro, siendo esta vez el vasco, quien rechazó la propuesta.

En torno a 1307, el Guzmán estuvo en la Corte, pues asistió a la desagradable entrevista en que Juan Núñez, manifestó al rey la intención de “desnaturarse”. A 28 de agosto, estando en Burgos, Fernando IV le otorgó privilegio, imposible sin negociación previa. Deseando devolver Zafra y Falconera a Badajoz (10), le dio a cambio Vejer, villa perdida en la costa Gaditana, aislada del interior de Andalucía por malos caminos. Hubiese rechazado el trato un castellano, pero no un hombre de Allén Mar, que mantenía fructífera relación económica, con la patria de origen. Bien situada la desembocadura del Barbate, para iniciar o terminar la travesía del Atlántico, pues navíos pasaban la barra con todos los vientos, la foz ofrecía albergue confortable, en la boca del río, ahorrando portes y gastos al ser tierra de pan, los molinos de Santa Lucía, que estaban en el término y el transporte en barcazas hasta los barcos, sumándose a la ventajas del puerto la playa de Zahara, el mejor paso de atunes para botar almadraba, contando con montes ricos en madera, materia prima escasa en Andalucía.

En 1309 Felipe el Hermoso de Francia desencadenó la persecución contra los templarios. Envidiados por su riqueza, el rey quiso saber el secreto del oro, envolviendo al Gran Maestre y los principales caballeros en proceso ignominioso, típico de un poder, que se sirve de la ley como instrumento de chantaje. Protegidos en Portugal por la Corona, que no quería perder expertos en las rutas de la mar, la Corona de Castilla no perdió la ocasión de engrosar el erario. Expropiados los bienes de la orden, fueron vendidos en provecho del rey, siendo ejemplo documentado la Alquería de la Vaca, en Huelva y su ermita de Santa Marina, “derrocada” por ser obra de los caballeros. No aparecen ejecuciones de caballeros en las Crónicas, ni las hay documentadas, pero sí desapariciones violentas y extrañas, que pudieran tener la persecución por causa. Una es la de Alonso Pérez de Guzmán. La crónica le menciona por última vez en el sitio de Algeciras, con Juan Núñez, Alonso Pérez, el Arzobispo de Sevilla, el Concejo y la gente de la ciudad, conquistando Gibraltar, acción rematada años atrás. Sigue la muerte del Guzmán, ubicada a 26 de septiembre. Se dice que persiguiendo partida de moros, por la sierra de Gaucín, comportándose el veterano principiante. Dejándose llevar por caballo veloz se alejó de los suyos, cayendo en estúpida emboscada. El hijo trasladó el cuerpo al monasterio de Santiponce. Enterrado en la iglesia, “entre el altar y el coro”, sin lápida pues no quiso que su tumba destacase de la solería de ladrillo, Juan Alonso regresó al real, solventando la cuestión de la herencia. En aquel entonces los bienes pasaban de padres a hijos, pudiendo reclamar la viuda restitución de la dote y el pago de las arras pactadas. Pero el abintestato de Alonso Pérez se resolvió de diferente manera. Para que María Alphón y los descendientes del finado pudiesen entrar en posesión de "las villas e castiellos e fortalezas e logares e aldeas e vasallos e rentas e todos los bienes, assi muebles como raysses que el avia", fue necesaria albalá de Fernando IV, firmada en el real de Algeciras, a 12 de octubre de 1309. Puede que la familia, para recibirlos "libres e quitos", tuviese que olvidar las circunstancias reales que rodearon la muerte del “héroe de Tarifa", dando por buena la versión oficial de que "lo mataron los moros, en servicio de Dios e mío". Siglos más tarde su descendiente, el VII Duque de Medina, se vio en situación de justificar ante Felipe II, sus buenas relaciones Hamete, rey de Fez, explicando que se debía a que en las "leadas" o crónicas del reino de Marruecos, figuraban las hazañas del Guzmán, fundador de su casa, en servicio del primer Benimerín.

“Solucar” y otras villas de donación real, quedaron a Juan Alonso, que sucedió al padre. Propiedad la mitad de lo gananciales de la viuda, quedaron bajo administración de María Alphón, que testando en nombre del marido, los distribuyó en su propio testamento. Convocada junta de la “Hermandat” de Andalucía en Peñaflor, el 23 de abril de 1320, Juan Alonso no fue invitado, pero sí María Alphón. Su apoderado Gonzalo García de Gallegos, asistió en pie de igualdad, con los de Pedro Ponce, señor de Marchena, los de Sevilla, Córdoba, por la que acudió el Adelantado de la Frontera, Niebla, Carmona y Écija. Repartida la responsabilidad de guardar los "panes", amenazados por las entradas de moros, los de Sevilla pondrían gente en Marchena y Carmona, concentrándose la de Córdoba en Castro del Río, de donde podría acudir al lugar que fuese necesario. Declarada la guerra “muy grande” deservicio a Dios, al rey y sobre todo, a los andaluces, Pay Arias, alcalde mayor de Córdoba y alcaide de sus alcázares, dotado de plenos poderes por la "Hermandat", fue a Granada, para negociar paz duradera. Barruntando que la iniciativa no sería aplaudida en la corte, se acordó que hasta su regreso, ninguno abriría las "mandaderías" o cartas del rey, ni mandaría correo a la corte, reteniendo la “ombrada” que tenían levantada, por si la necesitaban para enfrentarse a los tutores. Leído el acuerdo que trajese Arias, lo mandaría al rey, con el fin de que "pare mientes", en el beneficio que reportaba la paz a la tierra. 

Liquidada la guerra, se dirigirían al Arzobispo de Sevilla y al Obispo de Córdoba, conminándoles a devolver las diezmas y tercias, cobradas el año anterior, delegando “mandadero” al Papa, para pedirle cesión de las rentas de la Iglesia, en favor de la Hermandad, por necesitarlas para pagar la guarda de la mar y los castillos, ganados por D. Pedro y D. Jhon, en el Obispado de Jaén. A María de Molina le recordarían las "tenencias", fijadas por Fernando IV para la defensa de Tarifa y Gibraltar, pues había olvidado pagarlas, comprometiéndose los reunidos a no dar obediencia al tutor que designase la reina, en tanto no jurase respetar los privilegios, fueros, derechos, franquezas y "libertades” de las ciudades y pueblos de la "Hermandad" y de no exigir "prestado" ni "pedidos", ni crecer cargas e impuestos. El vecino llamado a la guerra, no podría ser obligado a servir por más tiempo, que el fijado por las Cortes, ni ser llamado dos veces, en el mismo año. Los “tutores”, sus alcaldes y el Adelantado, se darían por enterados de que no podían prender ni mandar, a vecino de lugar de la “Hermandat”, “sin haberle oído y juzgado por su fuero". Justificada la detención, razonada la sentencia, el reo cumpliría la pena en la villa en que fuese detenido, “y que de ninguna manera lo lleven de una villa a otra, ni le saquen de aquel lugar”. No podría el rey ni sus oficiales, en el territorio de la "Hermandad", mandar prender a ninguno, “ni matalle ni despechalle de lo suyo”, sin haber sido condenado previamente por "su fuero", “como es derecho”. Ni se podría obligar al demandado, objeto de acusación o demanda, penal o civil, a comparecer ante tribunal, que estuviese fuera del término de su residencia. El rey no podría “tomar” tierra, lugar o castillo, que fuese propio de los concejos de la “Hermandat”, para darlo a señor. Los cargos locales, fuesen civiles o militares, serían ocupados por vasallos de la tierra, pero no por señores ni “extranjeros”. La corona no haría sacar más “pan” de la tierra, del que la Hermandad consintiese exportar, ni podría impedir que sacasen un tercio de la cosecha por "la mar", de considerarlo los naturales conveniente. Redactado el extenso documento y enviado al rey, los de la "Hermandad" fueron a Écija, a recibir a la Corte, con las espaldas debidamente protegidas por “ombrada” nutrida. Nombrado tutor de Alfonso XI el infante D. Felipe, el 14 de diciembre le tomaron juramento de que respetaría las condiciones de los “hermanados”, antes de jurarle, no habiendo constancia de que muerto el Infante, la Hermandad intentase hacerse respetar por los tutores que siguieron, ni reapareciese como tal en las Cortes, celebradas a la mayoría del rey.

María Alphón, mujer de prestigio en Andalucía, testó el 13 de noviembre de 1330, en la casa de la colación de San Vicente de Sevilla, heredadas de su madre. En el documento aparece Gonzalo Gómez de Gallegos, alcalde mayor de la ciudad por el rey y alcaide en Puerto de Santa María, por María Alphón. Dejó María esta villa a su hija Leonor, casada con Luis de la Cerda, Príncipe de las Islas Fortunadas, con los donadíos de Villafranca, el Alixar y otras heredades de pan llevar y olivares. Isabel, casada con Pero Ponce, que tenía Marchena, heredó Rota, Chipiona, la mitad de Ayamonte, Lepe, la Redondela, la villa de Bollullos con la dehesa de Montañina y los 50.000 maravedís que continuaba debiendo la corona, puestos sobre Medina Sidonia, a cargo del tercio de mejora, como la manda legada a su hijo, Pero Ponce, para su "caballería". A Juan Alonso le dejó las aceñas y salinas del Henares con la mitad de Lepe, Ayamonte y la Redondela. Sabido que los bienes lejanos no se aprovechan y se pierden, María legó a su hermano Juan Fernández Coronel, a medias con su hijo, Alonso Fernández Alguacil, los bienes de la madre, que heredó en Portugal.

En el capítulo de mandas a criados, en agradecimiento de servicios prestados o en concepto de “ayuda” al casamiento, destaca Teresa Gil, beneficiaria de la renta que produjesen los heredamientos de Portugal, durante cinco años. Perdonó las deudas a su hijo Juan Alonso y a diferentes criados, entre los que aparece la "mayordoma", Teresa Martínez, “ahorrando” o dando la libertad a esclavos “moros”, artesanos u oficiales, entre los que aparecen tres maestres, que indica posesión de navíos. Ordenó vender la plata, pan, aceite, moros y moras no “ahorrados” que tuviese, para pagar a sus acreedores. Uno fue su criado Paricio Pérez. Prestó 5.000 maravedís para botar las almadrabas, prueba de que fallecido el marido, la empresa continuó funcionando. Desmintiendo a los que niegan a la mujer el derecho a ejercer de albacea, María Alphón nombró como tal a su comadre, Leonor Rodríguez, viuda de Alonso Fernández de Mendoza. Ordenadas misas y exequias por su alma, quiso ser enterrada en el Monasterio de San Isidoro del Campo, junto al marido, dejando renta al cenobio para hacer y mantener hospital, destinado a curar a los pobres "por amor de Dios".

A la muerte de su madre, Juan Alonso de Guzmán estaba casado con Urraca Osorio de Lara, hija del valido Alvar Núñez, ascendido en 1328 a Conde de Trastamara, dignidad que se otorgaba por primera vez en Castilla. Su caída en 1331, se produjo en la forma acostumbrada: a más de los padres, perdió la cabeza. Mal digerido el testamento de María Alphón, por su hija Leonor de Guzmán, casada con Luis de la Cerda. Los hermanos se enredaron en pleitos, saliendo a colación bienes secundarios, como el Cortijo de Evora, en término de Sanlúcar. De difícil solución el pleito, se resolvió en 1334 por sentencia arbitraria, partiendo los jueces lo que había en partes iguales. Al no caber las casas de Sevilla en la parte, se dividieron. La mitad correspondiente a Juan Alonso, quedó en la Collación de San Vicente, siendo agregada la que correspondió a Isabel, casada con Pero Ponce, a la Collación de San Miguel. Escueta la documentación del segundo señor de Sanlúcar, sabemos que estableció acuerdo con los bretones, porque el VII duque de Medina Sidonia lo mencionó, poniéndolo en vigor. Desaparecidos los templarios, revitalizó el puerto de Sanlúcar, comunicado con los de la Hansa, firmando acuerdo con bretones, según Barrantes, a través de hermano del Duque de Bretaña, que estuvo efectivamente en la corte de Castilla. Ofreció a los bretones calle extramuros, casas con almacén y tienda, con jurisdicción y alcalde propio, franquicias en la aduana y total durante el mes de "vendeja" o feria, a condición de que cargasen 1/3 de sus navíos, con vinos criados en el término.

Los bajos impuestos, las comodidades que se ofrecían en Sanlúcar, dieron lugar a prosperidad, que excitó la codicia de los almojarifes de Sevilla. Celosos de los derechos que escapaban por Sanlúcar, presentaron demanda, exigiendo autoridad para registrar los navíos que "cargan o descargan, en la villa de Solucar de Barrameda”, cobrando las tasas correspondientes a las mercancías, que entrasen y saliesen "por la foz de la canal de Barrameda". La primera sentencia se dictó en 1327. Firmada por Alfonso XI: "declaramos quel dicho almoxarifadgo de la dicha villa pertenesce a vos e no a nos ni a los dichos nuestro almoxarifes, e que deve ser vuestro" y de "vuestros herederos". Apelaron los oficiales, ratificándola Pedro I en 1351, muerto Juan Alonso. Las apariciones de este señor en las crónicas, son raras. Firmante de privilegios, participó en la emboscada del río Patrite, en que los andaluces mataron al príncipe Abomelique, heredero del rey de Marruecos, que había recuperado Las Algeciras.

Diego de Haro, señor de Vizcaya, apellidado "el Bueno" como el Guzmán, murió en 1310, estando en la cerca de Algeciras. En su testamento mandó vender Veas y Trigueros, señoríos a trasmano, segregados de la jurisdicción de Niebla, que le otorgó el rey, para pagar los sufragios por su el alma. En 1346 Juan Alonso compró Veas, firmando la escritura García de Gallegos. Vivo en 1350, el segundo señor de Sanlúcar se personó como patrono en pleito, que enfrentó al monasterio de San Isidoro y los vecinos de Santiponce, con los almojarifes de Sevilla, que presentaron demanda contra la exención del diezmo del aceite, que sacaban por mar. Pese a la presunción de Barrantes, nada indica que a la muerte de Alfonso XI, los Guzmanes de Sanlúcar participasen de la persecución, que padecieron los hijos de Leonor de Guzmán, la amante del rey difunto, encarcelada y ejecutada por Pedro I. No habiendo lazos de parentesco, no había razón. Por el contrario, parecen haber sido bien vistos por el nuevo rey. A la muerte de Juan Alonso, en 1351, su primogénito Pedro de Guzmán tenía a Pedro I en Sanlúcar como invitado. Hubiesen ido juntos a las almadrabas, de no entrar en Sanlúcar barco de Aragón, robando barco cargado de aceite, para Alejandría. Se dice que esta fue la causa de la guerra con Aragón. Cercada Orihuela, el muchacho entró antes de hora, muriendo asaeteado en la plaza mayor, según unos víctima de arrojo insensato, según otros por haberle puesto el rey en lugar, del que no podría escapar con vida. Casado Pedro pero sin tiempo para engendrar hijo, le sucedió su hermano Juan Alonso. En el archivo familiar se conserva copia autorizada de albalá de Pedro I, en que reconoce el derecho del menor de los Guzmanes, a heredar al mayor. Pero al proceder de Paris, notario del siglo XVIII, especialista en llenar lagunas, certificando documentos que nunca existieron, el texto pudiera ser imaginario. Abunda en el supuesto la inclusión de la palabra “mayorazgo”, aún no introducido en Castilla, y el hecho de que la ley establecía en tales casos herencia automática, de no haber testamento en favor de la madre.

1368 Enrique II. Condado de Niebla
29.10.1379 Juan I: muerte de Urraca, en servicio de su padre

En la viudedad y en 1363, Urraca Osorio de Lara compró a su cuñada Beatriz, viuda de Pedro Ponce, la mitad de Bollulos y la dehesa de Montañina. Habiendo corrido los vecinos de La Palma la mojonera, Pedro I les obligó a reponerla en su lugar. No aparece en la documentación ni en las crónicas indicio de la causa, que hizo cambiar a los Guzmanes, cuando se produjo la escisión de Enrique de Trastamara. Hijo de Leonor de Guzmán, amante de Alfonso XI que ejerció de reina, a la muerte de la madre, escuchó los consejos que dio antes de ser ejecutada. Huyó a Francia, quedando su hermano gemelo Fadrique (11), al servicio de Pedro I. Desconfiado, tras departir amablemente en el Alcázar de Sevilla, le tendió emboscada al salir, en el Patio de Banderas del Alcázar de Sevilla, rematándolo personalmente. En 1366 Urraca Osorio, al margen de la política, compró a Gonzalo Pérez las dehesas Vallester y Remuñana, completando el término de Bollullos. En aquel año entró Enrique de Trastamara en Castilla. Paseo triunfal hasta Sevilla, que hizo huir a Pedro a Portugal, de donde pasó a Inglaterra. Proclamado e investido en Burgos, en 1367, al año siguiente promocionó a Juan Alonso de Guzmán al rango de Conde de Niebla, al parecer por haber casado con Juana de Castilla, hija natural del Trastamara. Nadie esperaba el regresó de Pedro pero se produjo, acompañado del Príncipe Negro y contingente de ingleses. Pro francés Enrique, la guerra europea se extrapoló a Castilla. Eficaces los anglosajones, el Trastamara huyó a Francia, dejando a sus seguidores en el desamparo. Juan Alonso se metió con otros caballeros en la fortaleza de Alburquerque. Y los enriqueños sevillanos en Carmona, refugio de rebeldes en precario, tomado fácilmente por asalto. Pedro degolló a los grandes, entre los que figuraba Pedro Ponce, Señor de Marchena, ahorcando a los pequeños, Urraca Osorio de Lara, madre del Guzmán “traidor”, paró en la hoguera. Cuenta la leyenda que Leonor Dávalos, una de sus damas, se arrojó a las llamas, aturándose con su señora.

Esperaba Pedro que el castigo amedrentase a los rebeldes, pero causó el efecto contrario. Enardecidos por el ansia de venganza, se lanzaron a guerra suicida, que no tardó en poner en apuros a Pedro. Enrique entró por Calahorra, con la hueste de Du Guesclin, caballero francés originario de Pau, que ejercía de mercenario y salteador de caminos. No iban las cosas como hubiese deseado el Trastamara, cuando Pedro, fiando en su corpulencia, quiso dirimir la cuestión dinástica en pelea cuerpo a cuerpo, que tuvo lugar en Montiel. Derribado Enrique y con Pedro encima, Du Guesclin, que nunca supo palabra de las leyes de la caballería, dando la vuelta a los contendientes cambió la historia, haciendo del Trastamara rey fratricida, a la manera antigua. La dinastía es conocida por el condado que le dio el padre, traspasado a Du Guesclin, en prueba de agradecimiento. No habiendo topónimo en el reino que corresponda a Trastamara, es probable que el origen de la dignidad esté en el cargo de Teniente de Trastamara, que en 1192 ejercía el Conde Gumiz en el reino de León, siendo probable que las rentas del condado, por cierto cuantiosas, procediesen de allende la mar.

La crónica fija la muerte de Pedro I a 23 de marzo de 1369. En el trono Enrique, Juan Alonso de Guzmán tomó posesión del condado, formado por Niebla, las aldeas que no fueron segregadas por Alfonso XI y el Campo de Andévalo. Al regalo que costó la vida a la madre, por prematuro, se sumaron los bienes del rebelde Enrique Enríquez, en las provincias de Córdoba, Jaén y el arzobispado de Sevilla. Habiendo regresado el propietario al redil del poder, reclamó restitución, siendo remitido por el Trastamara a los tribunales. Siendo deseo del rey favorecer al arrepentido, los jueces fallaron a favor del despojado. El Guzmán restituyó sin resistencia, ni albergar rencor. Habiendo estado en Francia el tiempo suficiente para observar el sistema, Enrique comprendió las ventajas de los señoríos unitarios e indivisibles, administrados como unidades económicas, frente a los dispersos de Castilla, en que cada pueblo era explotado como célula aislada, susceptible de convertirse en objeto de especulación. Queriendo introducir el sistema en el reino, creó el mayorazgo. Vinculados los bienes a un todo, el propietario quedaba en usufructuario, obligado a esforzarse por crecer las rentas, de libre disposición, estando en la imposibilidad de procurarse ingreso extraordinario, al no poder pignorar los bienes raíces. Libre de establecerlo cualquier propietario de bienes, por no ser preceptivo el señorío, hubiese favorecido la estabilidad económica y en consecuencia el inmovilismos social, de haber sido respetada en sus principios y no introducir Carlos V la facultad real, que permitió solicitar préstamos con cargo a los bienes vinculados, con posibilidad de segregarlos, caso de necesidad.

Molino de agua de Santa Lucía en Vejer. Acueducto, canales y entrada de agua a la piedra
1390 Fragmento dote de Beatriz

El mayorazgo creado por Juan Alonso de Guzmán en 1371, con las bendiciones de Enrique II, si no a su instancia, fue de los más tempranos de Castilla, si no el primero. Reunió los bienes del Conde habidos y por haber, aceptando que de extinguirse su estirpe, heredase la corona, con condición de no dar los bienes a tercero, cuidar de la conservación del Monasterio de San Isidoro y de la continuidad de las preces por los difuntos. Prueban los efectos del cambio, el interés del Guzmán por consolidar las fuentes de riqueza. Al serlo el pan en Vejer, en 1377, a través de Antón Martínez Pocasangre, vecino de Medina Sidonia, compró a Inés Pérez, vecina de Sevilla, viuda de Gonzalo Galíndez de Pedras Alvas, los molinos, "fechos e por faser", con el arroyo de Santa Lucía, que los alimentaba, las huertas que regaba, suerte de tierra de pan llevar, montes, pastos, dehesas y "canal de pesquería" en el río Barbate, por 10.000 maravedís de a 10 dineros. Testigo de la transacción Pedro de las Casas, "fijo de don Berenguel", criado del Conde, indica que conservaba los lazos catalanes. Muerto el primer Trastamara, Juan I confirmó a Juan Alonso en la posesión del condado y sus pueblos, en 1379, aludiendo en el documento a la muerte de la madre, quemada en Carmona. A 10 de febrero de 1386, el Conde escribía a Niebla, pidiendo perdón por haber cobrado el almojarifazgo de las aldeas, que pertenecían a la villa, confundido porque lo hizo Alfonso XI, en años de secuestro. En 1388 compró a Gil García de Jaén 2 “cahizadas” de tierra de “sembradura”, en el pago de San Leandro de Sevilla. Habiendo participado en la guerra con Portugal, fue nombrado Adelantado de la Frontera. Muerta Juana de Castilla, madre probable de Doña Mayor (12), en 1390, año en que murió Juan I a consecuencia de caída de caballo, el Guzmán casó con una Beatriz que se apellidó, alternativamente, de Castilla y Ponce, por haberle engendrado Enrique II, en la esposa de un Ponce de León.

1388 El Conde, Adelantado. Carta

En el trono Enrique III, niño y enfermizo, la ola de antisemitismo que se extendía por Europa, penetró en Andalucía, encontrando portavoz de verbo encendido en Hernando Martínez, energúmeno conocido por el nombre de Arcediano de Écija. La iracundia del clérigo, ayudada por las malas cosechas y el hambre, hizo estallarSevilla en torno a 1391. No atrajeron a las turbas los judíos pobres, pero sí los ricos. Persiguiendo botín, asaltaron algunas casas. Dispuesto el Adelantado a restablecer el orden, no sabiendo medir la correlación de fuerzas, cometió el error de hacer azotar públicamente a los culpables. Lo que en otras circunstancias hubiese servido de ejemplo, excitó los ánimos, desencadenado el progroom, Juan Alonso se enfrentó a la turbas, suponiendo que su prestigio podría detenerlas. Arrollado personalmente, Álvar Núñez, su alguacil mayor de Sevilla, murió en el lance. Siguió saqueo general, acompañado de matanza. Caro Baroja estimó que los judíos, colgados en los dinteles de sus puertas, fueron 4.000. Pasada la tormenta, el rey ordenó ciertas ejecuciones, pro forma y sin convencimiento. A 28 de marzo de 1396, Enrique III confirmó al Guzmán en la posesión de su casa y estados (13), dando el Conde al traste con bella historia de amor, trazada por Barrantes Maldonado en el siglo XVI. Empeñado en justificar enojoso escudo, plasmado en el Patio de los Muertos de San Isidoro del Campo, en que campean los calamares de Isabel de Fonseca (14), madre documentada del segundo duque de Medina, cuya existencia negó el cronista, cuenta que a la muerte del primer conde de Niebla, sus hijos Enrique y Alonso fueron a la corte, para presentar sus respetos al rey. Cayó el Conde perdidamente enamorado de Teresa Orozco Figueroa, su madre, María Orozco, condesa de los Molares, viuda de Lorenzo Suárez de Figueroa, Maestre de la Orden de Santiago, se opuso resueltamente a la relación, considerando que una dama de la reina era demasiado, para un señor de provincias. Obstinado el Guzmán, salió al palenque de las justas cortesanas, con dos cefalópodos pintados en la adargada, que el cronista interpretó como un grito de amor: "ca l'amare". Impresionada la doncella, la madre cedió por partida doble, casando a otra hija llamada Mencía con Alonso, hermano menor del Conde.

Para desgracia de la credibilidad del genealogista, el episodio del matrimonio de Enrique, está debidamente documento. El 28 de mayo de 1396, estando en sus casas de Sevilla con Lorenzo Suárez de Figueroa, Juan Alonso de Guzmán concertó el matrimonio de su primogénito, que no tendría arriba de 6 años, con Teresa Orozco, la mayor de las hijas del Maestre de Santiago, niña de cuatro años. No estando los chicos en edad de enamorarse, el padre prometió en nombre de la niña, que se daría por esposa "fasta treynta días después" de que "oviese complido syete años", casando en "faz de la yglesia", velaciones incluidas, un mes después de rebasar los 12. No estando seguros los progenitores de que llegado el momento, los chicos mostrasen la sumisión debida, empeñaron sus palabra de que cada uno de por sí, "fará y guysará e curará e procurará", que lo concertado se llevase a efecto. Fallecida poco después María Orozco, dejando por hijos a Juan de Castañeda, Teresa, Catalina, Marina, María y Elvira, legó el quinto de mejora a la hija que designase su marido. Eligió a la futura Condesa de Niebla, adquiriendo los Guzmanes, por esta vía, las carnicerías, alhóndiga y portazgo de Madrid, la villa de Escamilla y 1/4 de la aldea de Almonte, segregada del término de Niebla por Álvar Núñez, para darla al Alguacil Mayor de Sevilla, Álvar de Guzmán. Inexistente Mencía, sabemos que Alonso de Guzmán casó con Leonor de Zúñiga, en quien tuvo numerosos hijos.

El primer Conde de Niebla testó en Bollullos, el 3 de octubre del mismo 1396, ante el escribano local, actuando dos vecinos como testigos: "ningún ome puede saber el día ni la ora que a de finar, salvo si fuere por revelación de Dios et de los santos ángeles". Sintiéndose "enfermo del cuerpo e sano de la voluntad e en mi acuerdo e mi complida memoria, tal que Dios me la quiso dar, et creyendo firmemente en la Santa Trinidad...", dictó sus últimas voluntades, "por mi anima salvar et por mis herederos apasiguar". Situado en la encrucijada de los tres credos, el Conde omite mención a la Virgen y personajes del santoral, mencionando a los ángeles, espíritus sospechosos, presentes en el Corán y la Thora. Tirando como la cabra al monte, encomendó "mi anima a Dios que la fizo e mi cuerpo a la tierra que lo creo". Dando protagonismo a la naturaleza en la creación de Adán, expresó en prosa, lo que Sem Tob dijo en verso:

"El ombre de metales

dos es confeccionado.

Metales desyguales:

uno vil, otro onrado"

Encargó Juan Alonso preces por su alma, entierro en la iglesia que hizo construir en San Isidoro del Campo, gemela y adosada a la del fundador, nombró albaceas a Martín Fernández, alcaide de la Algaba, Fr. Martín, dominico en San Pablo de Sevilla y a su viuda, la condesa Beatriz, a más de contadora – partidora y tutriz de sus hijos. Heredero el primogénito de los pueblos que dio a la casa la corona, en lo referente a bienes libres, olvidó el compromiso del mayorazgo, repartiéndolos entre los hijos menores. Alonso heredó Ayamonte, Lepe y la Redondela, con playas aptas a la pesquería de atunes, que le permitieron competir con el cabeza de estirpe en su propia industria, y los armazones de pesquería. Embarazada la Condesa, el padre mandó que si nacía varón "le digan don Jhon", adjudicándole la Algaba, el Alaraz, el Vado de las Estacas, con sus pertenencias, la Isla de Ardiles (15), Tomares y el Corral de las Tenerías de Sevilla. De nacer hembra, recibiría dote de 400.000 maravedís para su "casamiento", pasando la herencia del nonato a su hermano Alonso. Omitió el testador que buena parte del lote estaba en pleito, pues habiendo sido entregada la Algaba y agregados a los Estúñiga, como seguro de la dote de su hija Leonor, truncado el matrimonio por causas que omite la documentación, el marido frustrado se negó a restituir, llegando la causa a Roma.

Omitida Leonor, quizá por haber muerto, el conde nombró a su hija Mayor, casada con el Maestre Fernán Darías, recordando que se le debían las 2.000 doblas, prometidas en concepto de dote. Testar en presencia de la esposa, no impidió a Juan Alonso nombrar a Pedro Núñez, hijo natural y adulto, que permanecía en tierra de moros, sin esperanza de rescate, por ejercer de rehén en servicio de la corona. En compensación por el sacrificio y lo bien que le sirvió en la guerra, le dejó 4.000 doblas. Hereditario el título pero no el cargo de Adelantado de la Frontera, el testador recomendó a sus hijos, en la esperanza de que le sucediesen. No teniendo edad para ejercer, recomendó para suplirles al que fue su teniente, Martín Fernández de Portocarrero, señor de Moguer, "buen caballero... e ome que ama el servicio del Rey" (16). Queriendo poner sus bienes a resguardo de acreedores, declaró cuantiosas las deudas en favor de su mujer, ordenando que fuese "entregada de todo lo que yo recibí con ella, et de la arra e dote que le yo mande, cuando yo con ella case... en los frutos de toda mi tierra, así de lo que yo mando a los dichos mis fijos como a las otras personas, antes que otra persona o personas algunas", añadiendo "en enmienda del buen servicio que me fiso, los veinte e tres mil maravedís que yo he de juro e de heredat". Convencido el hombre medieval de que los descubiertos con Dios, se pagaban en purgatorio o infierno, el presagio de morir en Bollullos, le recordó deuda vieja. Apenas cerrase los ojos, se pagarían los 300 maravedís que legó Juana, su primera mujer, a la Iglesia local de Santiago, librándole de topar en el más allá con alma próxima y enfurecida, sin sospechar que quizá lo estuviese la de Enrique II, contemplando el nulo respeto que manifestó a la institución del mayorazgo (17).

Fernán Pérez de Guzmán, recogiendo recuerdos ajenos, reconstruyó retratos de aquel tiempo. Presentando al primer conde de Niebla como “gran señor de Andalucía”, “muy heredado e de gran renta”. Alto, blanco, rubio, de barba poco crecida, “muy cortés y mesurado”, trataba a todos "llanamente" y de la misma manera, tanto que “amenguaba su estado en ello”. Muy “amado” en Sevilla “y su tierra”, era “franco” y “acogedor de los buenos”, cometiendo el error de mantenerse alejado de los reyes, por no ser hombre que procurase valimiento. No hizo un gesto por hacerse valer, “si no en darse a la vida alegre y deleitable". Equivocado el autor, pues le mata antes de hora, le reprocha como muchos su indiferencia hacia el poder. Y su desprecio hacia la gloria.

 

 

El hijo “tonto”

La Saga

La infancia de Enrique de Guzmán carece de historia, pues no está documentada. No le afectó el poder otorgado por Beatriz de Castilla, al caballero sevillano Alfón Díaz de Valderrama, para que representase al hijo en el primer casorio, celebrado al cumplir Teresa Orozco 7 años, pues no era consciente de que se estaban casando en su nombre. El remedo de boda se celebró en la iglesia de Llerena, el 24 de noviembre de 1399, en presencia del Maestre de Santiago, nutrida la concurrencia de damas, caballeros y "omes buenos", vecinos del lugar. Tampoco captó la novia el alcance de la ceremonia, ni es probable que despertase su curiosidad un marido, que tardaría en conocer. En 1404, cumplidos los 12 años, asistió a nueva ceremonia, esta con consecuencias, pues fue entregada a la familia del marido, que no al marido. No es probable que la desflorase por entonces. Pero debió tomar posesión plena de la casa, pues la suegra, Beatriz, se retiró al convento de San Clemente de Sevilla, pleiteando desde el cenobio contra el hijo, exigiendo restitución de dote y arras. Hecho inventario de sus bienes personales, aparecen perlas, aljófar, joyas, esclava canaria cristiana y un papagayo.

Teresa parió por primera vez en 1410, estando en los 16 años, en el Alcázar Viejo de Niebla, en un periodo de racismo religioso, preludio de todos los racismos. Débil el poder, entra en lo posible que recordando la violenta reacción del progroom pasado, buscase popularidad siguiendo la corriente del pueblo. Inspirado el Papa por el miedo a tropezar con argumentos, que sus sacerdotes no pudiesen rebatir, decretó apartheid intelectual absoluto, obligando a judíos y musulmanes a llevar señales visible, para que los cristianos no cayesen en la tentación de entablar conversaciones, que pudiese enturbiar su fe. No siguió la “cristiandad” el ejemplo, pero sí Enrique III. En las Cortes de Toro, celebradas en 1405, se acordó que los judíos llevasen paño rojo de tres dedos de ancho, sobre el hombro derecho, y los musulmanes media luna azul, para poder distinguirlos, por ser todos castellanos. Que la ley no fuese obedecida, no estorba para que sea precedente y probablemente semilla de todos los integrismos, sufridos por la modernidad.

La alegría de tener sucesor en la casa fue breve. Apenas pronunció frase conexa, Juan adquirió reputación de tarado, quizá por decir lo que no estaban acostumbrados a escuchar los mayores. Opiniones incorrectas si no excesivamente prematuras y silencios injustificados, cimentaron su reputación de bobo irredento. Concluyendo los Condes que sería individuo de escasa utilidad, el nacimiento de María de Guzmán, en 1414, fue sinceramente celebrado. Lograda y normalmente constituida, tanto en lo mental como en lo físico, el padre le buscó marido capaz de administrar la hacienda y gobernar el estado, sospechando que la garantía de continuidad familiar, estaba en la hembra. Se fijó en Enrique Enríquez, hermano de Fadrique, almirante de Castilla, de la estirpe de los Trastamara. Aceptó a la supuesta sucesora del conde, pese a llevar dote modesta, pues se redujo al quinto de mejora de la Condesa de los Molares, que el Maestre de Santiago adjudicó a Teresa, con exclusión del cuarto pro indiviso de Almonte (18). En el camino que unía Niebla al puerto de Sanlúcar, convenía conservar la aldea en la casa, por si el varón se enmendaba.

Siguiendo el ejemplo de sus predecesores, el Conde administró el estado a la manera europea, procurando que los demás prosperasen, pues de la riqueza que produjesen y sobre todo, de lo que comercializasen, dependían sus rentas. Señor de mucha tierra, escasa de brazos, atrajo pobladores, por el medio eficaz de mejorar las mayores: amplias dehesas comunes donde meter los ganados, tierras de pan y exenciones fiscales, que mejorasen las de la competencia, eran el señuelo. Fue general el privilegio de “labranza y crianza”, que libraba al vasallo del pago de la alcabala o IVA, en la primera venta de lo que produjese y en casos determinados de lo que comprase para su consumo. Si el lugar era pobre y en los inicios de la población, no pagaban portazgo ni almojarifazgo, o derecho de entrada y salida, quedando sin cobrar los solariegos, que representaban del 12 al 15% de lo que produjese la tierra. Adquirir el derecho de vecindad, con 10 o 20 años de vacación fiscal asegurados, susceptibles de ser prolongados por otros tantos, exigía compromiso de permanecer en el lugar, pagando impuestos, por espacio de igual periodo. El poblador estaba obligado levantar casa de material, con tejado de cinco tijeras, y plantar una aranzada de viña, en un plazo de cuatro años. La exigencia no era gratuita. El que no cumpliese sobraba por parásito. Y el que lo hiciese, al tener algo propio se apegaba a la tierra. Llegada la hora de pagar, no le sería tan fácil levantar el campo, para poblar en otra parte, como el que nada dejaba atrás, dejando la tierra baldía y sin valor.

Despoblado Hueldiconi por la peste, en abril de 1411 se presentó en Sanlúcar Juan Rodríguez, seguido de sus parientes. Querían "facer un cortijo enterrado, derredor de dicha torre", poblando si les daban la tierra que tuvo el Concejo, como propiedad de uso común, transmisible a sus sucesores, la habitual exención de derechos y pasaje gratuito para sus personas y mercancías, en la barca de la "pasada de Chiclana" a Cádiz. Recibidos por el Conde, les concedió lo que le pedían, sumando una dehesa a los bienes de "propios", que tenía Hueldiconi, por ser cortos, a condición de que se plegasen a las ordenanzas del estado, renunciando al “cortijo enterrado”, para hacer casas con tejado de cuatro tijeras, a más de plantar la aranzada de viña. Profesionales los Rodríguez de la pesca de altura, en "armazones de pesquería", al no haber monte alto en el término, podrían proveerse de madera en los montes de Vejer, con destino a las casas, aperos y barcos. Pidieron los Rodríguez derecho en exclusiva a ocupar los puestos de trabajo, que ofrecía la almadraba, otorgándolo el Conde a condición de que desempeñasen todas las tareas, sin rechazar las humildes, permitiendo la importación de mano de obra forastera, de no cubrir las necesidades de la pesquería. Podrían elegir de entre ellos a los miembros del miembros del Concejo, negándoles la gratuidad del pasaje en la barca de Chiclana: "esto vos respondo que non lo puedo facer", porque tenía cedida “la pasada” y los derechos adjuntos. Terminó el Conde prometiendo: "yo remediare como los vecinos de la dicha Torre lo pasen bien". Y les permitió exportar el remanente de sus cosechas por mar o tierra, sin pagar derechos, porque convenía a su negocio. Continuando el negocio del Fundador, exportaba trigo a las "partes" de Allende, que embarcaba en la foz del Barbate. Al haber sumado aceite, pues tampoco lo tenían propio, sin ser señor de Medina Sidonia, concedió a los vecinos meter aceite en Vejer, para embarcarlo en el Barbate, sin pagar derechos, aunque no era de su labranza, por no haber olivos en el término. Con los años, las casas crecieron. Se añadió cortinar, corral y huerta. Las ponían, como las arboledas, en las tierras comunas que estaban en las riveras de los ríos. Las de labor las dedicaban a los panes, y las demás al ganado, dando derecho la vecindad a un número determinado de cabezas.

Enrique de Guzmán entró en la vida con mal pie. Heredó menos de lo que debiera, al no respetar el padre el mayorazgo, le recomendó a medias para suceder en el cargo de Adelantado, al presentarle en plano de igualdad con el hermano, que a más de negarse a venderle Lepe, Ayamonte y la Redondela, armaba almadraba, y tuvo pleitos con su madre. Presente en casi todas las guerras, estuvo en Antequera con el Infante D. Fernando, tomando dos torres aisladas, sin ser recompensado, asistió a la primera conquista de Jimena y aún siendo proclive a rehuir la corte, no tardó en chocar con el rey. Conocida la facilidad con que se rebanaban cabezas disidentes, se alejó de la corte, jurando no acercarse jamás. En 1418 consiguió comprar la herencia de Juan el “Póstumo”. Casado con Leonor de Finestrosa, en pleito lo más granado de su herencia y sin ganas de esperar, aceptó la oferta del Conde, que en el acto se titula de “Señor de las Islas de Canarias”. Valorado el conjunto, con la Algaba y Alaraz en 15.000 doblas moriscas mayores, de "oro fino" y justo peso, patrón moneda en Andalucía, 11.000 se pagaron en bienes muebles e inmuebles y 4.000 en metálico, las 1.000 a la firma de la escritura, firmada por Enrique con licencia de su mujer, Teresa Orozco, que avaló la operación con su dote. Hasta 1427, el Conde se llamo "Señor” de las islas, en las escrituras públicas de carácter privado (19), tratamiento que se supone abandonó en 1430, al ceder sus derechos sobre las islas a Guillén de las Casas (20)

No sabemos cuándo murió la Condesa. Debió hacerlo poco después, contando Barrantes que viudo, el Conde casó con Violante de Aragón, hija de D. Martín, rey de Sicilia. Pero es matrimonio a poner en cuarentena, pues no ha dejado indicio documental, estando probadas relaciones de Enrique con Isabel de Mosquera, en la que tuvo dos hijos, debidamente reconocidos: Alonso que sería su hombre de confianza y más tarde del sobrino; Fadrique, inhabilitado para representar jerarquía de la Iglesia, por haber nacido ilegítimo, sebenefició de los privilegios concedidos a Juan de Guzmán, pudiendo ocupar la mitra de Mondoñedo. Aislado el Conde en el terruño, el hijo lo estuvo en el hogar. Culpable de no responder a los cánones de normalidad vigente, al dar los hechos la razón a supuestos que lanzaba, en apariencia desatinados, empezó a dejar de serlo. Comentario de Fernando el Católico, formulado en 1513, que recogió testigo de pleito, revela el contraste entre la estulticia prestada a Juan Alonso en la infancia, con la capacidad que le reconocieron de adulto. Preguntado el rey por qué casaba a su nieta, Ana de Aragón con otro duque de Medina Sidonia, éste corto de luces, de toda evidencia, replicó que los señores de la casa de Niebla nacían lerdos, pero "desque son omes, son buenos omes".

Lo cierto es que en edad temprana, sin haber heredado, ni disfrutar de favor real o cargo, no contando en su biografía con hecho de armas destacable, disponía de fortuna que superaba la del padre. De su juventud sabemos que tuvo amores con la Isabel de Fonseca, cuyas armas fueron dos calamares, aportó plumas de avestruz, que Juan sumó a las familiares, mudando la orla de castillos y leones, adquirida con la sangre de los Trastamara, por cuatro leones rampantes, distribuidos en cruz, que aparecen en San Isidoro del Campo. Tuvo la pareja dos hijos, nacidos no sabemos dónde ni cuándo, siendo probable que los menores de Juan fuesen de la misma madre. E Isabel de Fonseca la Isabel de Oliva, a que alude El Provincial:

 A ti, fraile perro moro

de la casa de Guzmán,

¿por qué cantas en el coro

las leyes del Alcorán?

Dícenme que siendo viva

tu mujer, doña Francisca

te casaste a la morisca

con doña Isabel de Oliva.

 Es seguro que el Conde tuvo noticia de las relaciones del hijo, disimulándolas por prudencia elemental. En tiempos de agitación de la Iglesia, la intimidad con no creyentes podía traer consecuencias. Andaba Juan por los 19 años, cuando Martín V, papa único tras el cisma prolongado de Iglesia bicéfala, arremetió contra los frailes de San Isidoro del Campo. En 1429 decretó la expulsión del Cister, lamentándolo los Guzmanes, por mantener estrecha relación con los frailes. No habiendo más remedio que ceder, atendiendo la indicación del Arzobispo de Sevilla, también amigo de la casa, entregaron convento y abadengo, en 1430, a los Jerónimos Ermitaños, que aceptaron la cláusula del fundador, circunscribiendo el derecho a visitar el convento, al general de la orden. No parece casualidad que en el mismo año, los tribunales de Iglesia resolviesen a favor de los Guzmanes, el pleito con los Estúñiga, sobre la dote de 8.000 doblas prometidas a Juan de Estúñiga, en las capitulaciones matrimoniales de Leonor de Guzmán. Entregadas Algaba y Alaraz como fianza, al haberse truncado el matrimonio, se creía el fallido esposo con derecho a retener el adelanto. Los jueces castellanos dieron la razón a Pedro de Estúñiga en 1426, apelando el perdedor a Roma, que en 1429 declaró usuraria la retención de ambos lugares, por haber "expirado" el matrimonio, siendo recuperados por el Conde en 1430, en calidad de bienes libres.

No lo dicen los textos, pero es probable que Juan de Guzmán frecuentase el reino de Fez en periodo problemático, por ir de caída el último Benimerín, al que reemplazaría el primer Utasi, desorden que aprovechó Alfonso V de Portugal, para ampliar sus conquistas. Señor pero sobre todo proveedor de cinco provincias, que nada tenían de insulares, conocidas por Islas del Cabo de Aguer (21), reino de Butata, reino de Meça y otros muchos nombres, es posible que la explicable fortuna tuviese su origen en la región y en la Isabel de Fonseca, ignorada en Castilla por muchos años, tan obcecada que viudo el amante, con quien compartía techo, se negó a casar. El bucólico paisaje, evocado en fresco del claustro de San Isidoro del Campo, que muestra a los Guzmanes celebrando banquete en la copa de árbol frondoso, escena americana, evoca clima sin duda más florido, que el del Fez mediterráneo.

Ausente de la documentación, Juan reaparece en Andalucía, coincidiendo con la entrada en Castilla de Enrique de Aragón, pretendiente al trono, con su hermano Juan, el rey de Navarra. Llamado el Conde de Niebla, desconfió de las reales intenciones y prefirió quedarse en casa: "por quanto me avían mezclado con el dicho señor rey mala e mentirosamente, algunos que mal me querían, de lo qual el dicho rey estaba muy indignado contra mí, por lo qual yo no osé ir al dicho real". En su lugar fue el hijo, pagando la hueste con dineros propios, asistiendo a los reales de Soria y de Garay. Hábil diplomático, Juan Alonso convenció a la corte y al quisquilloso Juan II, de la inocencia y fidelidad de su progenitor, consiguiendo que quedase en su casa, ocupando en el cargo que mejor podía cuadrarle. Ocupado por el monarca en "otras cosas complideras a su servicio", lo fue en la vigilancia de las costas, mares y puertos de Andalucía, trabajo desahogado y confortable, muy del gusto del Conde, pues facilitaba contactos regulares y fluidos, con los vasallos de ultramar.

En 1431 los Guzmanes estaban en la Vega de Granada, guerreando contre el moro. Habiendo acudido Juan II en persona, el Conde no pudo eludir el compromiso, pero fue el hijo quien corrió con el gasto y los servicios penosos, recordando el Conde que en el "tiempo que yo avía de estar en la dicha guarda” de la “hierba”, ocupaba su lugar, “excusando mi persona a los dichos servicios y trabajos". Interrumpida la cabalgada por nueva entrada del Infante de Aragón, Juan aprovechó la oportunidad que le brindaba la guerra civil, para solventar problema privado. Ofuscado su padre porque su hermano, señor de Lepe, armaba almadraba, "en mi perjuicio” y "contra todo derecho", por considerar el primogénito derecho privativo del titular la captura de atunes, aunque en verdad no lo tuviese, al decantarse el tío seguidor del aragonés, o haciéndolo pasar por tal a su conveniencia, Juan levantó hueste a su costa, "con mucha gente vuestra e mía". Destrozó barcas, redes y aperos de la pesquería, sin olvidar los barcos de pescadores que formaban los armazones, habituales de Guinea. La contundencia del hijo, complació al padre Conde: "por vuestra causa", el hermano menor perdió el vicio de capturar atunes, "de lo qual a mí se siguió mucho honor y provecho et guarda de mi justicia".

De aquella fase de la guerra, el de Niebla sacó el señorío de Garrobillas de Alcorneta (22) con barca de pasaje y los agregados del castillo de Rocafreda, Cañaveral, Santiago y el Gamonal, lote desgajado de los bienes que fueron secuestrados a Enrique de Aragón. Lo recibió en 1432, con condición de respetar el usufructo vitalicio de la reina Doña Leonor, concesión oportuna, pues celebrados los desposorios de su hija María en 1434, llevó en dote la mitad pro indivisa del señorío extremeño. A cambio renunció a sus legítimas, paterna y materna, con restricciones, pues al incluir que de no testar el padres, la herencia se partiese por las leyes generales del reino, que hacían herederos forzosos a todos los hijos, a partes iguales, dejó la puerta a posible disgregación pese a la existencia del mayorazgo, institución que fue estrictamente respetada. Con 18 años cumplidos la novia, la boda con Enrique Enríquez se celebró por “palabras de presente”, incluyendo velaciones, iniciando la pareja vida matrimonial, de inmediato.

Por entonces debió fraguarse el casorio de Juan. Vigente su mala reputación de puertas a fuera, pero probada su capacidad entre los íntimos, pues fue en este año cuando nació el primer hijo de la Fonseca, no tardando en seguirle el segundo, el Conde Enrique de Guzmán lo ofreció a Luis de la Cerda, soriano pero vecino en tanto que señor, por serlo de Puerto de Santa María y Huelva. Aceptó el Conde de Medinaceli al presunto bobalicón, por compensar fortuna conocida, compartiendo la opinión del esposo la Condesa, Juana Sarmiento. Fuera de lugar que la dote desmereciese a la casa, los Condes dijeron desear que Juan Alonso "pueda mejor sustentar la carga del matrimonio", sabiendo que no le faltaban medios, dieron a la hija 30.000 florines del cuño de Aragón, 8.000 en ajuar y el resto en metálico, a entregar en dos plazos y la villa de Huelva, probablemente a demanda del Conde de Niebla, puerto primordial para el comercio del Condado. En manos de Alonso de Guzmán Lepe, Ayamonte y la Redondela, el Campo de Andévalo había de importar y exportar, en especial la castaña, que compraban los ingleses, por puertos ajenos, pagando portazgo, almojarifazgo y alcabalas, sin que fuesen respetadas sus privilegios y exenciones, pues el único puerto próximo de los Guzmanes, era el Vado de Mari Suárez, en el Río Tinto, incómodo y escueto, quedando el de Sanlúcar lejos y con el río de por medio.

El problema no se hubiese producido en tiempo de moros, pues el Algarbe andaluz, en su conjunto, pertenecía al reino de Niebla. Pero Alfonso XI segregó Palos, Moguer y Almonte, aldea a la que concedieron los partidores de Juan II, en 1420, la playa de Río de Oro, segregándola del término de Huelva, que fue asiento de armazones de pesquería, habituales de los caladeros de Bojador a Çenaga, Arguim, “puerta” de la Guinea y los bancos de Aguer, de donde procedía la “pescada”, nombre genérico de los pescados de gran tamaño, susceptibles de ser conservados, cuya exportación hizo la riqueza de la Andalucía medieval (23). En decadencia Huelva, por estar en manos de señores que crecían la renta cargando en los impuestos, en lugar de favorecer el enriquecimiento de los vasallos, para crecer sus rentas, la actividad se había reducido a la captura de “marisco” o pescado de costa, exportando ostiones y lenguado embarrilados, siendo tan reducida la flota que las salinas locales producían excedente, que compraban los prósperos pescadores de Palos. Sabían los Guzmanes que en sus manos, la villa no tardaría en recuperar su prosperidad, siendo otra vez el puerto abierto al mundo, al que acudiesen mercaderes en busca de pescado, aportando paños, aceros, brea y otras cosas, que no producía el reino. O las ofrecía de baja calidad.

Como era de rigor, las capitulaciones matrimoniales incluyeron renuncia de María de la Cerda, a las legítimas materna y paterna, sin trampas ni alusiones dudosas, quedando previsto que en caso de no procrear el matrimonio, la dote revertiese a la casa. Siendo sencillo disolver el vínculo, pues las dificultades surgieron en el Concilio de Trento, los Guzmanes, que no deseaban perder Huelva por un capricho, establecieron la indisolubilidad, obligando a las partes a jurar que no intentarían procurarse “dispensaciones” eclesiásticas para apartarse, aceptando que sólo la muerte pudiese romper la unión. Negociado y firmado el futuro de Juan en su ausencia, al regreso hubo de comparecer ante escribano sanluqueño, para dar firmeza a los hechos. Enredado con la Fonseca, apuntando a la habilidad que usaría a los largo de su vida, para escurrirse de la ley, incluyó sutilmente frase, que apuntaba a disconformidad con el casorio, confesando que aceptó porque su padre "dixo que gelo mandaba", de manera que actuó de "su propia voluntad", en lo que tocaba a la obediencia, no en lo que tocaba al vínculo. A partir de aquí, pudo jurar, si se cerrarse la puerta de la nulidad, que no pediría declaración de nulidad o absolución de sus juramentos, auto inhabilitándose para acudir a prelado o al Papa, solicitando la anulación de un compromiso, cuya ruptura perjudicaba al futuro económico del Andévalo.

Con 24 años cumplidos, edad respetable para un reproductor, sorprende que siendo María moza talluda, se pospusiese la consumación del casorio. Por razones que no se consignan, el Conde alegó que al estar los novios “apartados”,la distancia aconsejaba mandar a Soria al Alférez Cristóbal Marynes de Segovia en lugar del hijo, a título de "mensajero e procurador e medianero", que le representase en casorio por poderes y "palabras de presente". El acto se celebró el 2 de mayo de 1434, en la intimidad y a puerta cerrada. Gastón de la Cerda, hermano de la novia, que contaba 12 años, firmó renuncia a Huelva y los florines, adjuntando promesa de pagarlos, caso de dejar sus padres la deuda, pero se abstuvo de asistir a la ceremonia. Antes de pronunciar el "sí", María pidió con la mirada una última licencia paterna, que otorgó el Conde con ligera inclinación de cabeza, consignando el escribano el intercambio de gestos protocolarios.

En la primavera de 1435, Jhon o Juan de Guzmán, hizo viaje a Soria, seguido de cortejo, formado a su cuenta, adecuado según el Conde, al "honor mío e vuestro". Incorporado el capellán Fernando Bocanegra, pues yendo el hijo a tomar posesión de la esposa, el de Niebla deseaba información puntual de las cualidades del vástago, no necesitó esforzarse, para penetrar en la intimidad de la pareja. Hombre de buena memoria, años más tarde, en el marco austero de interrogatorio judicial, contó que velado "en faz de la iglesia", Juan cumplió sus deberes conyugales con aplicación y hasta entusiasmo, tanto en Medinaceli como en la tienda de campaña, que albergó a la pareja durante el viaje, de lo que podrían certificar cuantos estuvieron presentes, pues al ser calurosa la estación, al ser ignorado el concepto de la intimidad, alzaban las lonas, permitiendo a cuantos pasaban, constatar no sin cierto orgullo, la fogosidad y habilidades amatorias del patrón, comentadas sin escándalo ni acentos morbosos. Ratificada la aptitud de Juan para el coito, el capellán rememoró con naturalidad acto que consideraba expresión de la naturaleza, exenta de connotaciones maliciosas.

El 17 de junio de 1435, de regreso en el domicilio paterno, el Conde regaló al hijo los lugares del Aljarafe sevillano, expresando el deseo de ayudarle en su nuevo estado, en agradecimiento a los servicios prestados, con cargo al quinto de libre disposición. Destinado en principio a sufragios por el alma del difunto, la ley permitía usarlo a voluntad, a condición de renunciar a las preces. Teniendo casado el hijo, sabiéndole fértil y capacitado para cambiar de mujer, no aguardó a que tuviese descendencia legítima, para intentar la recuperación de Gibraltar, ciudad con historia movida. Ismail de Granada cedió al rey de Marruecos Marbella, Ronda, la serranía, Jimena y Estepona, completando pequeño reino con Algeciras. Deseando ampliarlo, Abul Malik, príncipe heredero, desembarcó en 1332, llamándose rey de Ronda. Sitió Gibraltar, entregando el alcaide villa y fortaleza, por no tener medios de defensa, el 17 de junio de 1333, fecha probablemente incorrecta, pues a 6 de Diciembre de 1336, estando en Niebla, Alfonso XI ratificó el Fuero otorgadoa Gibraltar, en 1300. Recuperada la plaza, Abul Malik quiso continuar sus conquistas, cometiendo el error de meterse en el Guadalquivir. Desembarcó en el Bodegón del Rubio, cayendo en escaramuza tendida en el río Patrite, por un puñado de caballeros cristianos, entre los que figuraba Juan Alonso de Guzmán, el hijo de Guzmán el Bueno. Siguió la derrota de la armada castellana de 1340, a manos de la armada del Rey de Marruecos, en la que murió el Almirante Alfonso Jufre Tenorio, la derrota de los moros en el campo de Tarifa, cerca del río Salado y la conquista de Algeciras, en 1344. Sitiando Gibraltar con el concurso de mesnadas propias y ajenas, pues la acción se enmarcó en cruzada, convocada por Alfonso XI, el monarca "adolesció de landres, que era el carácter cierto de la pestilencia". Muerto a 23 de marzo de 1350, los cristianos alzaron el real, interfiriendo guerra con Aragón, la constante contra el moro. Mohamed de Granada recuperó las Algeciras en 1369, tomando de paso Gibraltar a los Benimerines. En 1410 Cidi Abu Said, hermano del rey de Fez, la volvió a conquistar, perdiéndola al año siguiente. Recuperada por el granadino, con el que no se llevaban bien los naturales, Enrique de Guzmán quiso realizar su propia hazaña, apuntándose fácil conquista, por ser conocido.

Los cronistas achacan la acción a impulso romántico: habiéndola conquistado su abuelo, no podía soportar que la tuviesen los infieles. Pero al Conde le movía deseo muy diferente: aspiraba a completar su red de puertos con bahía bien situada, para que mercaderes del Mediterráneo y el Atlántico pudiesen intercambiar sus productos, atraídos por la situación y el ahorro de derechos, crecidos de estar obligados a transportar las mercancías por el interior de Castilla. Larga la experiencia familiar en aquella conquista, planificó operación anfibia. Formada armada con navíos de vasallos, voluntarios o embargados, los más con arqueo inferior a las 45 toneladas, entregó al hijo la hueste de tierra, siendo de toda evidencia exagerada la cifra de 1.000 hombres de a caballo y 5.000 de a pie, que apunta el autor del Falconero. Su misión se reducía a cerrar el istmo, impidiendo la entrada de refuerzos de Granada. Apostado Juan en la lengua de La Línea, el Conde desembarcó en playa estrecha. Hombre de mar, es de suponer que midió los tiempos, calculando el flujo y el reflujo de las mareas. Pero erró al medir la resistencia musulmana. Peleando sin armadura, a la manera de los moros, perdió la noción del tiempo. Recuperada con el agua a la cintura, ordenó retirada inmediata. A bordo de su navío, avistó grupo de unos cuarenta rezagados, que peleaban a la desesperada, sin poder retirarse por no tener embarcaciones. Culpable por imprevisión, embarcó en una fusta poniendo al remo a 9 gentiles hombres, para acudir a la playa, imitándole los responsables de las restantes embarcaciones. Coincidente hasta aquí el relato del “Halconero”, con la Crónica oficial, la versión de lo que sigue, difiere. Según la oficial, en su afán por escapar a la muerte, los atrapados se abalanzaron a la embarcación del Conde. Volcada, los que iban a bordo quedaron atrapados bajo el casco. Carrillo de Huete, próximo a los hechos, cuenta que el Guzmán desembarcó, regresando a la pelea para cubrir la retirada. Herido de una lanzada se echó a la mar, nadando hasta su barco con ayuda de un tablón. Al no poder subir a bordo sin ayuda, la pidió a dos criados de su casa, el uno su “privado”, que departían apoyados en la borda. Se la negaron, siguiendo la agonía del su señor, sin avisar y sin un gesto.

1442 Bienes que dejó el 2º Conde de Niebla (acuerdo María)

Enterado el hijo, rechazó el consejo de continuar la guerra. Acordada tregua, pidió a los moros el cuerpo del padre. Se lo negaron, pues querían depositarlo en un nicho sobre la puerta de la ciudad, para que la guardase, según Barrantes por considerarle santón (24). Despedida la gente en Vejer, Juan corrió a Sevilla en busca de los traidores. No pudo encontrarlos, por haber escapado, contentándose con derribar la casa del privado del Conde. Sembrado el solar de sal, contó el suceso en el "patio de los muertos" de San Isidoro del Campo. La copa de árbol frondoso, en la que los Guzmanes celebran banquete, rodeados de amigos y músicos, remata palo mayor, cuya baso roen dos cerdos. La muerte en proa, extraños dioses – monstruos rodean el navío. Eolo sopla en sentido contrario, agitando el mar, en intento vano de desviar el rumbo.


1.* Dinero y grano que pasaba la Corona al señor o al alcaide de lugar fronterizo. Al oscilar el precio al ritmo de la inflación, su venta permitía subvenir a los gastos de defensa, pagas de la guarnición y salario de los pobladores, que además cobraban guardias y servicio en la guerra. Sobrada la tierra y corta la población, escaseaban aficionados a residir en lugar conflictivo.

 2.* En "Espejo de Navegantes" de Alonso de Chaves y mapas del siglo XVI, la Punta de Allende o "Alinde" aparece en la costa de Brasil, a 1º 1/3, latitud sur.

3.* Musulmán convertido al cristianismo.

4.* Heredada la cláusula por los Jerónimos Ermitaños, que sucedieron al Cister, mediado el siglo XVI descubrió la Inquisición que el fraile del cenobio, Casiodoro de Reina, remataba traducción libre de la Biblia. Declarada herética, la comunidad fue perseguida, parando en la hoguera los que al no haber logrado pasar a Flandes, se negaron a colaborar.

5.* Muralla y estancias rodeaban la torre que subsiste. La fortaleza, que se conservó hasta 1981, tenía una sola puerta, flanqueada por cubos. Fue derribada con el resto, por la incuria de los dirigentes de la segunda restauración.

6.* Es probable que la historia oficial pretenda hacer coincidir la conquista con la mayoría de Fernando IV, para dar protagonismo al rey. En cualquier caso, los cristianos daban ordenanzas a lugar de moros.

7.* El salario se cobraba por meses: el almocadén o capitán, percibía 50 maravedís; el ballestero de monte 45; el de rivera, 40; el peón 35 con 10 suplementarios por cada "vela" en el muro. Si el soldado moría dejando hijo de dos años cumplidos, éste percibía el salario completo del padre, heredando la hija los bienes que dejase.

8.* Se dice que el primer privilegio de “omecillo” se dio a la villa de Antequera. Quedaba excluido el traidor, el que se hubiesen “alzado” con castillo, negándose a entregarlo al propietario; el quebrantador de paz, pactada por el rey; el adúltero con esposa o manceba de su señor y los que incurriesen en delito de "aleve" o contra el rey. Los restantes delitos eran personados, a condición de residir en lugar fronterizo sin sueldo ni derecho a botín, por el tiempo que se estableciese, que podía oscilar de seis meses a varios años.

9.* Pese a las protestas de Tomasa Palafox y Portocarrero, el ejército español voló el Castillo del Iro durante la Guerra de la Independencia. Fue elegido como objetivo didáctico, de aprendices a dinamitero.

10.* La ciudad debió conservarla poco tiempo, pues en 1472 Zafra pertenecía al Conde de Feria.

11.* Hijo de Alfonso XI y de su amiga, Leonor de Guzmán. Maestre de Santiago, sirvió a Pedro I en la guerra de Aragón, creyendo que su fidelidad sería premiada. Habiendo tomando Jumilla en torno a 1358, llevó a Sevilla la buena nueva. Recibido por el rey en el alcázar, la conversación fue cordial, pero al salir encontró las puertas cerradas. Al cruzar el patio le asaetearon ballesteros, apostados en las murallas, acabándole Pedro I a puñaladas.

12.* Una Juana hija ilegítima de Enrique II, fue madre de Enrique de Villena. Nacido en 1384, no parece que fuese la misma Juana, casada con el de Niebla, no sabemos si en 1368 o en 1371. A más de Mayor, mencionada en el testamento del padre, fue hija suya Leonor, casada con un Estúñiga y causa del pleito de la Algaba.

13.* Poseía, según el documento: Niebla con Trigueros, Veas con las villas y lugares del término; la Algaba y Alaraz; Vejer y Chiclana, con sus términos; Sanlúcar de Barrameda, Monteagudo, Trebujena; Ayamonte, Lepe y la Redondela, con los lugares de su comarca; Bollullos con Benanyrar, Tomares y las Tenerías, con sus términos y heredades y el Vado de las Estacas, siendo de notar que no se menciona la Isla de Ardiles, por no estar incluida en el mayorazgo.

14.* Dos calamares en solange, separados por una daga con perla en la empuñadura, sobre campo púrpura, recuerdan el Calamarii de la costa colombiana. Sin relación con el Conde, corresponden a Isabel de Fonseca, amiga que no esposa del nieto.

15.* Podría estar relacionada geográficamente con unas Canarias, de las que fue señor el segundo Conde de Niebla.

16.* No hubo lugar a discusión en torno al adelantamiento, pues fue concedido directamente a Portocarrero.

17.* Débil la institución del mayorazgo en el siglo XIV, lo era en 1433. María de Guzmán, hija del segundo Conde, en la escritura de renuncia a sus legítimas materna y paterna a cambio de la dote, hizo notar que aún estando vinculadas las propiedades del padre, de no mediar testamento, se aplicarían las leyes del reino, que le daban derecho a la mitad de los bienes que dejase a su muerte.

18.* Repartida la aldea en 36 partes y 9 propietarios, el III Duque de Medina Sidonia las reunió por compra, consiguiendo ser señor único de la aldea.

19.* Es de notar que los historiadores llaman Juan de Guzmán a Enrique, con insistencia, no sabemos si para confundirle con el padre o con el hijo. A juzgar por el gasto de estos señores, y el abandono que hacían de sus tierras, pues permitía que fuesen explotadas por los vecinos, en régimen de semi-gratuidad, hemos de colegir que percibían ingresos, procedentes de otra parte.

20.* Se dice que Guillén de las Casas fue confirmado como señor de las Islas por Juan II, en 1433, vendiendo su hijo la acción en 1445, a Fernán de Peraza, marido de Inés de las Casas. Sin embargo es posible que este Guillén sea el hijo de Fernán, muerto en la conquista de la Canaria Grande, bajo el nombre de Guillén de Peraza.

21.* Tres penachos de plumas conservados por el nieto, indican que hubo tres señores de las Islas del Cabo de Aguer, conjunto de cinco provincias, quizá representadas por "cinco cañahejas de las Indias, que son bordones" o bastones, llave de hierro, "que diz que era de la puerta de Turtuma" con cuatro "de palo"; cinco paños de "gudamecil" leonados, color púrpura; cinco espadas y cinco adargas, con fundas de cuero coloradas. Quizá en cinco calaveras de cristal de roca. 

22.* Hubo en Garrovillas cenobio del Cister. Picados y encalados los frescos de Santiponce, los extremeños fueron murados. Descubiertos por lluvias extraordinarias, desaparecieron víctimas de la intemperie y de la incuria hacia 1990, dejando el pobre testimonio de unas fotografías, que se hicieron estando las pinturas deterioradas. 

23.* El término “pescada” se aplicaba a las grandes especies de la mar. Comprendía bonito, cazón, sábalo y otras especies, capturadas en los caladeros de “Guinea”, como el “peje escolón” o color, lisas y cabezudos. La pesca fue la riqueza de Andalucía, hasta que la conquista de América cerró los caladeros.

24.* Siendo cristiano Gibraltar, los restos del Conde fueron depositados en estancia de la Torre de Calahorra. Convertida en capilla, sus descendientes pagaron capellán y cultos.